REFLEXIONES
Manuel Díaz Hernández (*)
El idólatra avanzó por los tortuosos caminos de su historia entre niebla primigenia. Dejó por ellos jirones de fanatismo bajo sus pies desnudos. De su pecho herido se desprendieron los temores y miedos atávicos. Y en su mente la lucidez fue disipando la incultura.
Una vez, en el claro-oscuro de la fronda del conocimiento, vislumbró el perfil racional del vacío existencial.
Se aproximó curioso, al borde gélido de la noche avisal...
Tembló su alma aterida. Desde la soledad profunda supo que se iría con ella a la ignota inexistencia...
En ese instante su fe flaqueó, y notó que era oscilante como la caída de una hoja en el otoño.
Ya perdido, en las tinieblas estelares, no supo en qué paraíso tocar...
Angustiado por el desamparo ontológico, se abrazó al haz azul de la ilusión..., él iría al cielo aunque Dios se haya ido...
Después, sin luz ni tinieblas, la esencia de su ser se integraría en otras esperanzas...
Quedó sin ídolos y sin la razón de sus credos. Porque el gran fatalismo cíclico del azar, el enigma fantástico de todos los misterios, tenía también, otras leyes naturales...
Su ente, siempre fue, pero él no, y vibró entonces con las cuerdas sutiles de los sentimientos excelsos, y se quedó;
-Con la cimiente que germina en las entrañas de la tierra...
-Junto a la semilla que trémula agrieta la tierra herida...
-Con la florecilla de pétalos perlados que saluda la aurora...
-Con el "balango" silvestre que se mece con el susurro de la brisa del barranco umbrío...
-Junto al aroma que exhala el néctar de las flores...
-O con la luz que besa sus párpados cerrados al sol...
-Con esa cálida sensación que brota en su interior y se escapa entre los dedos..., como el amor de la vida...
-Con ese viento que se aleja siempre y deja escuchar el silencio...
(*) Médico, colegiado nº 723