EVOLUCIÓN DE LOS SABERES PEDIÁTRICOS EN ESPAÑA DESDE EL TRATADO DE GERÓNIMO SORIANO.
CUATRO SIGLOS DE HISTORIA.
Dr.
José Ignacio de Arana Amurrio.
Profesor
de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.
En los mismos días del mes de junio en que se celebra el
XXIX Congreso Nacional Ordinario de Pediatría, se cumpla con exactitud rigurosa
una singular efemérides. En los días 17 y 21 de junio de 1600 están fechadas
las preceptivas autorizaciones, eclesiástica y civil, para la publicación de
la obra Methodo y orden de curar las
enfermedades de los niños de la que es autor el médico Gerónimo Soriano.
Gerónimo
Soriano fue un hombre de su tiempo, renacentista en lo que esto significa de
buceador en las fuentes del clasicismo pero sólo para extraer de ellas lo
perdurable y sobre esa base levantar los cimientos y el edificio todo de un
nuevo saber o, por mejor decirlo, de un nuevo entender. Sin embargo, es muy poco
lo que sabemos seguro de su biografía. Natural de Teruel, ciudad en la que
luego ejercería casi toda su vida profesional, estudió o amplió estudios en
Valencia y publicó esta obra fundamental en Zaragoza.
Poco más es lo que se conoce con certeza de la vida y la
obra de Gerónimo Soriano. Sí nos consta que en el año 1595 había publicado
en Madrid otra obra titulada Libro de
experimentos médicos, fáciles y verdaderos, recopilados de varios autores.
Este libro es, como ya se anuncia en su mismo título, un centón en el que se
recogen conocimientos de otros autores, pero reúne dos características que lo
singularizan. La primera es que está escrito en lengua vulgar castellana y no
en latín como se acostumbraba hasta entonces para los textos médicos; y el
autor razona esta decisión, que sabe va a ser discutida por los letrados de su
época, trayendo a colación el argumento de que otros grandes médicos y
divulgadores hicieron antes lo mismo en sus respectivos idiomas: Galeno,
Leonardo, Falopio, etc. Se trata, pues, de una de las primeras obras científicas
escritas en nuestro idioma. La segunda de las características que me interesa
destacar en estos Experimentos es su confesada vocación de ser una obra útil no sólo
a los médicos sino a personas ajenas a la profesión de esta ciencia; un libro,
por lo tanto, eminentemente práctico y divulgador.
Nada
más obtener su Licenciatura en Cirugía Mayor Soriano se instaló en Teruel,
abrió una consulta gratuita para niños y fundó un pequeño y humilde hospital
para los niños que precisaran mayores cuidados o no tuvieran quien les
atendiera en sus domicilios, algo en lo que, como en otras cosas que iremos
viendo, fue un adelantado en siglos a otros pediatras que pueblan las páginas
de la historia. Existen testimonios de habitantes de Teruel que demuestran
aquellas cualidades de Soriano: su permanente dedicación a la infancia enferma;
su desprendimiento de intereses económicos, algo muy llamativo en un médico
para la mentalidad social de su época; la aplicación de remedios innovadores;
y su lucha contra el curanderismo.
Y entramos en el aspecto más destacado de Gerónimo
Soriano. El profesor Sánchez Granjel no duda en afirmar que la Pediatría
alcanza su definitiva constitución como saber médico independiente en la obra
de Soriano y concretamente en su Methodo.
En la España del siglo XVI se publican en nuestro país
los primeros libros sobre Pediatría de autores españoles. Pedro Díaz de
Toledo publica en 1538 Opusculum recens
natum de morbis puerorum cum appendicibus; Luis Lobera de Avila, en 1551, Libro
del seguimiento de la salud y de las enfermedades de los niños; Luis
Mercado, a quien se conoció como el “santo Tomás de la medicina” por su
adaptación de los conocimientos clásicos a la mentalidad científica
emergente, publica en 1579 De puerorum educatione custodia et providentia atque de morborum qui his
accidunt curatione, dentro de su libro sobre enfermedades de la mujer. Y
sobre todo, en 1600 aparece el Methodo y
orden de curar las enfermedades de los niños de Gerónimo Soriano. Esta
obra aporta al lector muchos hallazgos verdaderamente novedosos para su época
que han seguido siendo utilizados con eficacia hasta la nuestra. No me resisto a
citar algunas de las aportaciones de Soriano que mayor vigencia tienen en la práctica
pediátrica.
En el tratamiento de las cámaras, o sea, de la diarrea, establece como pauta esencial el
ayuno durante varias horas, la supresión de la leche “para que no cuaje en el estómago” y la administración de líquidos
azucarados. Pone en acertada relación la existencia en el niño pequeño de
“costra láctea” en el cuero cabelludo con el posterior desarrollo de
eczemas. Para las llagas de la mucosa de la boca recomienda bebidas frías que
producen un cierto grado de anestesia local, así como las unciones de esa
mucosa con miel. Distingue perfectamente distintos tipos de convulsiones y el
diferente pronóstico de cada una: gota
coral -convulsiones febriles-, pasmo
–espasmos del sollozo-, tetania, epilepsia y convulsiones en el curso de una
meningitis. En cuanto a la epilepsia, Soriano intuye que en su origen hay
factores familiares hereditarios. Ante los casos de fiebre recomienda desabrigar
al niño y bañarlo en agua tibia. Señala con exactitud las causas del ronquido
y la dificultad respiratoria durante el sueño debidas a obstrucciones nasofaríngeas.
Establece la distinción entre las diferentes clases de parásitos intestinales
y los relaciona con su sintomatología. Habla de consunción o distrofia causada
por errores de la nutrición y aconseja regular la alimentación y vigilar su
calidad y cantidad, conceptos que tendrían que esperar a la medicina
positivista del siglo XIX, con los trabajos de Albert Czerny y de Otto Heubner,
para ser de nuevo valorados en su justa importancia.
Pocos años después de la primera edición del Methodo
aparecerán en España otras obras también importantes ya con claro y definido
matiz pediátrico. Cristóbal Pérez Herrera publica la Defensa
de las criaturas de tierna edad (1608), en la que se plantea y debate la
utilidad de aplicar a los niños lactantes ventosas y sanguijuelas y si es
conveniente administrar a los niños agua abundante para moderar así la
“caliente complexión de su naturaleza”. Francisco Pérez Cascales publica,
en 1611, su Liber de affectionibus
puerorum. Este libro está dividido en cuatro partes. En la primera describe
de forma breve y sistemática las enfermedades que afectan generalmente a los niños.
La segunda está dedicada exclusivamente a la difteria laríngea o garrotillo, aclarando sus formas clínicas, su contagiosidad y su
tratamiento. Aconseja la sangría al principio de la enfermedad, los purgantes
al final y el tratamiento local con colutorios. En la tercera parte de su libro,
Cascales se ocupa del aborto y de sus causas, negando la influencia que en su
provocación puedan tener los deseos no cumplidos de las embarazadas según era
la opinión extendida entre los médicos contemporáneos de todos los países.
Por último, fiel a su tiempo, escribe sobre la fascinación o “aojamiento”
de las criaturas y recoge las teorías de autores de todos los tiempos, desde
los clásicos a sus coetáneos.
De la importancia que en España se daba por aquella época
al padecimiento infantil de la difteria es reflejo el que en el mismo año que
la obra de Pérez Cascales se publicara en nuestra patria una monografía muy
detallada sobre la enfermedad de la que fue autor Juan de Villarreal. El libro
se titula De signis, causis, essentia,
prognostico et curatione morbi suffocantis. La enfermedad al parecer no era
conocida por los clásicos pero estaba provocando una elevada mortalidad en España.
Villarreal defendió que a esta enfermedad se la denominase “garrotillo” ya
que los que la padecían acababan muriendo de un modo similar a como lo hacían
los reos ajusticiados mediante el sistema del “garrote vil”. Respecto a la
etiología del garrotillo, Villarreal afirmó que era una enfermedad epidémica,
que afectaba fundamentalmente a los niños y que era contagiosa, aunque no a
distancia. Lo más interesante del libro de Villarreal es su descripción clínica
y anatómica de la enfermedad, la más clara e inequívoca de las que hasta
entonces se habían formulado. Distinguió dos clases de signos: los generales,
comunes a todas las anginas, y los patognomónicos constituidos por la presencia
de una membrana blanquecina sólida y consistente que cerraba la faringe y la
laringe del enfermo. En cuanto al tratamiento, el autor se mostró eminentemente
conservador, criticando duramente el abuso de sangrías y cauterios.
Sigamos ahora con las obras médicas sobre Pediatría que
vieron la luz en el siglo XVII. El doctor Juan Gallego Benítez de la Serna, médico
de cámara de Felipe III allí escribió y publicó en 1634 su Opera
Physica en la que describe muchas normas de puericultura. A estas obras cabría
añadir la publicada en 1629 por el doctor Juan Gutiérrez de Godoy bajo el
sugestivo título de Tres discursos para probar que están obligadas a criar sus hijos a sus
pechos todas las madres, quando tienen buena salud, referencia a un problema
de dejación de este deber materno que se ha repetido numerosas veces en la
historia de la sociedad y al que han debido enfrentarse los pediatras de todos
los tiempos.
En cuanto a obras que atañen a aspectos pediátricos o a alguna
actividad relacionada con los niños enfermos, aunque no escritas por médicos,
es digna de destacarse la publicada en 1620 por Juan Bonet bajo el título Reducción
de las letras y arte para enseñar a hablar a los mudos.
Se trata de una obra científica aplicada a la pedagogía de los
sordomudos en la que el autor debió contar con las notas del trabajo que casi
cien años antes había desarrollado el monje benedictino Pedro Ponce de León,
verdadero creador del método de lenguaje por signos y de su enseñanza a los niños
sordos de nacimiento. Sin embargo, la obra de Bonet quedó casi en el olvido
hasta que fue descubierta en una librería de lance a mediados del siglo XVIII
por el francés L'Epée que había desarrollado un sistema de mímica y que pasa
por ser el iniciador mundial de la enseñanza de los sordomudos.
A lo largo del siglo
XVII, con el decaimiento de la hegemonía española en todos los ámbitos de la
cultura europea, no sólo en los políticos y militares, va cobrando auge la
ciencia médica de otras latitudes. La Pediatría española parece por entonces
limitarse a la aceptación de las opiniones de estos autores foráneos a través
de las escasas traducciones que de sus textos llegan a nuestra patria. Desde
finales del primer tercio de siglo no se conoce ninguna obra pediátrica de
nuestros médicos.
Sin embargo, el siglo XVIII va a conocer un extraordinario
enriquecimiento de la literatura pediátrica en toda Europa, sobre todo en
Inglaterra. En este país tres pediatras señeros, William Cadogan, George
Armstrong y sobre todo Michael Underwood, van a sentar las bases de lo que será
la pediatría moderna.
En España Gaspar Casal, que había descrito
magistralmente la pelagra, enfermedad carencial que él denominó “mal de la
rosa” en su Asturias natal, hizo en 1762 el mejor estudio sobre la tos ferina,
tanto de su cuadro clínico como de las complicaciones que podían sobrevenir al
niño afecto de la enfermedad.
En 1787 se organiza en España la enseñanza de la Pediatría.
En esa fecha, una Ordenanza para regular los estudios impartidos en el Colegio
de Cirugía de San Carlos en Madrid, propone fraccionar el estudio de la patología
infantil en tres partes: procesos propios del recién nacido, enfermedades de la
infancia desde los cuarenta días hasta el destete, y patología del niño hasta
los siete años.
Pero la mayor revolución acaecida en el siglo XVIII en
cuanto a la medicina en general y a la pediátrica muy en particular, la
constituye el nacimiento de las prácticas preventivas contra las infecciones
con el descubrimiento por el inglés Edward Jenner (1749-1823) de la vacunación
contra la viruela. La nación que con más entusiasmo acogió su hallazgo fue
España. En el año 1803 parte de las costas
españolas en el navío María Pita
una expedición al mando de los doctores Francisco Javier de Balmis y Francisco
Salvany con el exclusivo propósito de llevar a nuestras posesiones de ultramar
la preciada vacuna. Dada la larga duración del viaje era necesario contar con
un número suficiente de individuos a los que ir inoculando la linfa vacunal
durante la singladura, puesto que no se conocía otro sistema de conservación
que el pase directo de persona a persona. La solución se encontró en los niños
de la Inclusa de Madrid y de otras ciudades españolas. Se embarcaron veintidós
niños y cuando a uno de ellos estaba a punto de curársele la inoculación se
tomaba un poco del material de su pústula para inoculárselo al siguiente. De
este modo, haciendo una escala en Canarias, arribaron a Puerto Rico y luego a
Caracas; allí se comenzó la vacunación masiva de la población indígena y
criolla. La expedición se dividió en dos partes; una recorrió toda Centroamérica
vacunando en el virreinato de Nueva España; la otra, con otro grupo de niños
americanos a bordo, dio la vuelta al continente y atravesó el Pacífico hasta
llegar a Filipinas, las islas Visayas, Macao y Cantón ya en plena China.
Este
siglo XVIII es también la centuria en donde se despierta, primero en las mentes
ilustradas, influidas por la obra de Rousseau El Emilio, y luego en la sociedad entera, una preocupación por el
cuidado del niño como germen de esa misma sociedad. Dos van a ser los campos a
los que se va a dirigir esa actuación: en primer lugar, la educación y, como
algo unido indisolublemente a ella, la alimentación infantil y las formas de
asistir a los niños abandonados o carentes de familia; en segundo lugar, el
interés por conocer el origen de muchas enfermedades y en especial de aquellas
que se manifiestan como malformaciones congénitas.
En
la España Ilustrada este segundo aspecto lo van a tomar en máxima consideración
no los médicos sino dos personajes representativos de la mentalidad de la época
en nuestra patria pero totalmente ajenos a la práctica médica. En efecto, serán
dos clérigos, el benedictino P. Benito Jerónimo Feijoo y el jesuita Lorenzo
Hervás y Panduro.
Feijoo (1676-1764), monje benedictino que vivió casi toda su vida, y
desde luego desarrolló toda su labor, en el monasterio de Samos en la provincia
de Lugo, nos habla de mujeres ponedoras de
huevos, como las gallinas, aunque entonces tiene un rasgo propio de su
inteligencia y advierte que no son tales huevos sino formaciones patológicas
-lo que en medicina se denomina mola
hidatiforme- que simulan aquéllos. También cita el nacimiento de un monstruo acéfalo, una criatura sin cabeza; una vez más y
retrospectivamente podemos suponer que fuese un feto anencéfalo. Y como curiosa en extremo podemos citar la referencia
que hace Feijoo a una mujer, molinera en Turingia, que parió una niña que
estaba embarazada de otra niña muriendo ambas al poco tiempo; la teratología
moderna conoce y describe algún caso similar tratándose de hermanos gemelos en
cuyo desarrollo embrionario más primitivo uno de los embriones queda incluido
en la masa orgánica del otro.
El otro clérigo preocupado por la cuestión es el abate Lorenzo Hervás
y Panduro (1735-1809). Escribió, entre otros, el libro El hombre físico en el cual hay un capítulo dedicado a Monstruos
humanos. La teoría principal de Hervás es que el cuerpo, originariamente
perfecto, podrá modificarse por impedimentos insuperables según ciertos
grados, pero nunca producirá especies distintas; es decir, el monstruo, por
anormal que aparezca su configuración humana, nunca dejará por ello de ser una
persona. Luego, a la hora de enumerar esas causas externas a la "virtud
natural" se inclina por que sean las alteraciones en la composición de la
"semilla" -hoy hablaríamos de defectos genéticos en los cromosomas
del espermatozoide o del óvulo- las que impedirían su "normal
desplegadura y nutrición".
Otra de las facetas antes enunciada del interés médico dieciochesco es
el de la atención a los niños abandonados, los expósitos.
Las instituciones de acogida para estas criaturas tienen una larga tradición en
la historia española y europea en general. La novedad del siglo es precisamente
la crítica a las condiciones en que tales centros desarrollaban esa labor en
principio bien intencionada, pero en la práctica espantosa. En cuanto a los
personajes españoles que dedicaron su atención a este asunto cabe mencionar a
Cabarrús y Meléndez Valdés que clamaron desde las tribunas políticas por la
defensa de esos niños logrando la elaboración de algunas leyes que, sin
embargo, no llegaron a cumplirse. Y como autores citaré a Pedro Joaquín de
Murcia con sus Discursos sobre la
importancia y necesidad de los hospicios (1785), Antonio Bilbao con Destrucción y conservación de expósitos (1785), Santiago García
con Breve instrucción sobre el modo de
conservar a los niños expósitos (1794) y Joaquín Javier de Uriz con Causas
prácticas de la muerte de los niños expósitos, obra publicada ya en los
albores del nuevo siglo (1801).
Las pocas inclusas existentes en España funcionaron durante siglos con
gran dificultad debido a la penuria económica común a toda la sociedad en ese
tiempo y a otros condicionamientos. Para que puedan hacerse una idea de
principio, una idea sobresaltada, les daré un dato sobrecogedor: entre 1764 y
1768 se registraron en la inclusa de Madrid 16.699 entradas de niños de los
cuales 822 pasaron a los hospicios de desamparados, 2.350 fueron devueltos a los
padres, 6.316 murieron en la inclusa, 6.575 murieron mientras vivían con una
nodriza externa, 88 "se extraviaron", y quedaron 548.
La fracción más importante entre el personal de una inclusa era la
formada por las nodrizas. En un principio se exigían varias condiciones a las
mujeres aspirantes al cargo: salud contrastada, que fueran robustas, jóvenes,
madres de más de un hijo y de menos de seis para garantizar la riqueza de la
leche, que no hubiesen abortado, que sus senos fueran anchos y de pezones
prominentes, que no tuvieran mal olor de aliento y hasta que sus propios hijos
hubiesen sido concebidos dentro de un matrimonio legítimo y cristiano. A la
hora de la verdad, ante la escasez de candidatas y la necesidad de ellas, se
aceptaba prácticamente a cualquiera: prostitutas, madres solteras o
amancebadas, enfermas etc.
En vista de que no era posible edificar inclusas fuera de las ciudades y
que la provisión de nodrizas adolecía de escasez tanto como de calidad, las
autoridades responsables hubieron de arbitrar otros sistemas. Se trataba de que
los niños expósitos fueran acogidos en el ámbito rural por familias a las que
se compensaría económicamente o en especie. Los administradores de la inclusa
tuvieron que habilitar un cuerpo de inspectores que recorriesen aquellos pueblos
para poner coto a la serie de irregularidades que se venían cometiendo.
La
Pediatría contemporánea se inicia al dar comienzo el siglo XIX, cuando toda la
medicina experimenta una decisiva transformación motivada por los avances técnicos
y las conquistas realizadas en otros campos del saber científico. Los progresos
verdaderamente espectaculares en el conocimiento de la fisiopatología del niño,
en el estudio de la alimentación y sus trastornos tan dañinos en la edad
infantil, los simultáneos adelantos en cuanto a medicina preventiva con la
aparición de la asepsia y la antisepsia, y el nuevo mundo abierto por la
microbiología, hubieron de reflejarse en una mejor y más organizada atención
a la infancia. El siglo XIX, además, es el de la creación por toda Europa de
los primeros hospitales dedicados exclusivamente a los niños y sus
enfermedades. En 1802 se funda en París el Hôpital des Enfants Malades,
pionero en este campo y todavía en actividad. En 1830 el de La Caridad de Berlín,
en 1851 Charles West fundó el Hospital de Niños de Londres.
Se difundieron por nuestra patria numerosas traducciones de las obras foráneas,
pero llamativamente la única obra reseñable de autor español en toda la
primera mitad del siglo es la casi desconocida El
hombre en la primera edad de su vida, publicada en 1827 por el doctor
Pascual Mora. La existencia de la pediatría como una especialidad autónoma
dentro de las enseñanzas médicas hubo de esperar en España hasta casi el
final del siglo XIX. En 1887 el doctor Criado Aguilar ocupó la primera cátedra
de pediatría fundada en la universidad madrileña.
Unos años antes, en 1876, se había fundado en Madrid el primer hospital
dedicado exclusivamente a la atención pediátrica: el hospital del Niño Jesús.
Su creación fue debida al mecenazgo y los desvelos de la duquesa de Santoña y
su primer director fue el doctor Mariano Benavente, padre del dramaturgo
Jacinto. Junto al hospital madrileño se fundaron casi por la misma época otros
en toda España. En Valencia uno para niños "nerviosos y coreicos"
(1880); en Barcelona el Hospital de Niños Pobres del doctor Francisco Vidal
Solares (1890); el de San Rafael en Madrid (1892) atendido por la Orden de San
Juan de Dios; en Chipiona (Cádiz), a instancias del doctor Tolosa Latour, el
sanatorio marítimo de Nuestra Señora de la Regla (1892) en donde se pusieron
en práctica las entonces modernas teorías sobre los efectos beneficiosos del
aire marino y del sol para la curación de muchas enfermedades infantiles; etc.
La preocupación por la mortalidad infantil, cuyas causas principales se
encontraban en la mala asistencia a los partos por un lado y por otro en los déficit
alimenticios de los primeros días o semanas de vida del niño, llevó en 1890
al doctor Vidal Solares a fundar en Barcelona la primera Gota
de leche, un centro donde, además de prestar asistencia médica a los niños,
se recogía leche de donantes para repartirla entre los niños necesitados. En
1904 se crea la de Madrid por el doctor Rafael Ulecia y en 1906 la de Sevilla
por el doctor Esteban. El primer Congreso de protección a la infancia se celebró
en 1900 y allí se propusieron medidas legales de amparo para el niño
abandonado así como otras cuestiones relacionadas con la protección infantil
promovidas por el incansable Tolosa Latour.
La nómina de pediatras españoles de la primera mitad del siglo XX es
muy grande, pero se hace necesario destacar, junto con los ya citados Criado
Aguilar, Ulecia, Vidal Solares o Tolosa Latour, a José Ribera y Sans, Jesús
Sarabia Pardo –que prologa la edición de la obra de Gerónimo Soriano de la
Real Academia de Medicina-, Baldomero González y de forma especial a Andrés
Martínez Vargas (1861-1948) que fue catedrático de la especialidad en varias
universidades y que en 1915 publicó su fundamental Tratado de Pediatría, obra insustituible para tener una visión
clara y de conjunto de la Pediatría conocida y ejercida por nuestros colegas de
esos años.
En 1927 se establecen por Real Decreto las Escuelas Nacional y
Provinciales de Puericultura en las que se impartieron, hasta su desaparición
hace escasos años, enseñanzas higiénico-sanitarias a médicos, enfermeras y a
otras muchas personas que pensaban dedicar su actividad profesional a la
infancia.
Visto
con la perspectiva que nos concede asistir al final de la centuria, el siglo XX
ha sido para la Pediatría, como para todas las demás ciencias y sus
aplicaciones técnicas, un periodo histórico de acelerado progreso. Podemos ir
señalando algunos de los principales hitos. La lucha contra las infecciones,
tanto con la terapéutica antibiótica como con la profilaxis vacunal de muchas
de ellas y, desde luego, de las más letales y dañinas para la infancia.
Enfermedades como la poliomielitis, la difteria, el sarampión o la escarlatina,
que diezmaban la población infantil, van entrando en el recuerdo; otras como la
tuberculosis parecen haber sufrido un recrudecimiento después de un período en
que parecían controladas; y hemos visto surgir una nueva plaga: el Sida con sus
dramáticas consecuencias para millones de niños en todo el mundo.
Avances espectaculares se
han dado en el conocimiento de la dietética infantil, de modo que ha
desaparecido en nuestro entorno cultural la situación angustiosa del niño con
carencia alimentaria. Claro que esto, junto con otros factores, ha traído
consigo quizá el que, en un movimiento pendular, estemos enfrentándonos a
problemas nutricionales de sobrepeso, hipercolesterolemias, etc. antes
impensables en nuestra sociedad.
La neonatología se ha
convertido en una rama de especial vitalidad y una de las que están
presenciando un mayor y más rápido incremento en el bagaje de conocimientos en
sus aspectos tanto médico como quirúrgico. La oncología pediátrica, los
transplantes, la hormonoterapia y los estudios cada vez más profundos y
avanzados en el campo del metabolismo y sus errores congénitos, así como la
acelerada carrera hacia el dominio de la genética, son otros tantos sucesos a
los que hemos asistido en estos últimos años.
Mucho de lo que está por
venir es ampliación de lo dicho hasta ahora. Pero no cabe duda de que otros
retos se ponen delante y habremos de hacerles frente. A mi juicio éstos son
algunos de esos desafíos:
La adolescencia, una edad
crucial del ser humano y cuya atención en todos los sentidos exigimos los
pediatras como cosa nuestra puesto que nuestra labor médica, si se inicia antes
del nacimiento, no debe terminar antes que el desarrollo total del individuo.
Por su misma condición de edad de tránsito entre la niñez y la vida adulta,
comporta una serie de circustancias en las que no sólo van a ser importantes
los aspectos físicos a los que atendería una medicina clásica, sino otros en
la esfera psicológica y del comportamiento que también propician
desequilibrios a los que habrá de atender la medicina integral que nos
proponemos como futuro.
Acabo de citar a los
adolescentes, pero no olvidemos los múltiples cuadros morbosos a los que está
dando lugar el cambio de la estructura familiar tradicional. La incorporación
de la mujer al mundo laboral, uno de los mayores logros de nuestro siglo, y quizá
uno de los más revolucionarios, ha traído consigo, y esto no podemos olvidarlo
o dejarlo de lado, la salida de la madre del hogar con todo lo que eso
significa: disminución drástica de las tasas de natalidad, en algunas naciones
hasta extremos alarmantes; y una nueva situación de los niños desde edades muy
precoces. Los pediatras asistimos cada vez con mayor frecuencia a pequeños
pacientes que acuden a nuestras consultas afectos de patologías banales pero
extraordinariamente recurrentes, propiciadas por esa situación diaria de los niños
fuera del hogar. Esto que vengo diciendo tiene su influencia en una cuestión
que yo creo que debería ser una de las prioridades en la asistencia médica a
la infancia para el nuevo siglo. Me refiero a la posibilidad de fomentar la
hospitalización domiciliaria de un gran número de pacientes afectos de las más
diversas patologías. Ello, al margen de aspectos económicos en los que no me
interesa entrar, iría en beneficio del bienestar psíquico y emocional de los
enfermos aunque, por supuesto, el hospital siga siendo necesario cuando los métodos
diagnósticos o terapéuticos requeridos por el enfermo exigen su realización
en el entramado de una institución que los posea.
El maltrato infantil es
otro de los problemas con el que los pediatras nos enfrentaremos en el siglo
XXI. Lo crucial de la cuestión radicará en la posibilidad que tengamos de
cuantificar el número real de casos, el control centralizado de los mismos por
las instancias médicas, sociales y jurídicas, y los medios de romper la capa
de hipocresía que cubre y disimula en gran parte este problema que sufren miles
de niños. La muerte súbita del lactante es otro campo de estudio de acuciante
interés por lo que tiene de desafío en el conocimiento de sus causas y por las
connotaciones emocionales que provoca en las familias y en los propios médicos.
Haciendo un apretadísimo
resumen de lo que se espera de la Pediatría de ahora en adelante creo que podría
sintetizarlo en dos puntos. Por un lado, dejar que la ciencia médica siga
avanzando, algo que por su propia inercia es fácilmente previsible pero para lo
que necesitará cada vez más cuantiosas ayudas económicas.
El otro punto es más
barato, pero menos fácil. Se trata a mi juicio de retomar y estimular al máximo
la antigua relación entre pediatría y pedagogía, dos términos con comunidad
etimológica. El pediatra y el educador deben hacer fluida la relación de su
común interés por el niño en todas sus facetas. Sin una buena educación
impartida en las escuelas sobre hábitos de vida, de comportamiento para con su
propio cuerpo, el de los demás y la naturaleza en conjunto, es difícil que el
niño sea un sujeto sano de cuerpo y mente. Y, a la vez, sin una buena atención
pediátrica con la resolución precoz de muchas anomalías y la prevención de
otras muchas enfermedades que pueden mermar su capacidad de formación
intelectual, ese niño estará abocado al fracaso escolar primero y luego al
fracaso en la vida adulta. En este sentido, como en el meramente sanitario, la
responsabilidad del médico pediatra supera con creces la de cualquier otro de
nuestros colegas.
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