EL
SISTEMA INFORMAL DE ATENCIÓN A LA SALUD
Especialista
en Pediatría y Máster en Salud Pública.
Profesora
del Área de Salud Pública
Escuela
Andaluza de Salud Pública (Granada)
El
iceberg de atención a la salud
La
salud es un recurso positivo de los individuos, las comunidades, las sociedades
y la humanidad, que hace posible una vida social y económicamente rica (1).
Entendida así, como recurso para el bienestar, es evidente que la salud no es
un asunto exclusivo de los servicios sanitarios ni de los profesionales que en
ellos trabajan. Uno de los elementos clave que contribuye al mantenimiento de la
salud es el apoyo social, que se puede definir como la interacción entre las
personas mediante la cual dan y reciben ayuda espiritual, emocional,
informativa, funcional y material (2). Este apoyo puede
proceder de fuentes institucionales y servicios profesionalizados, organizados
en las sociedades industrializadas en torno a los llamados servicios de bienestar, que incluyen tanto a los servicios
sanitarios como a los servicios sociales y de otro tipo. Sin embargo, con
frecuencia olvidamos que los familiares, los amigos, los compañeros, los
vecinos, prestan su ayuda en momentos de enfermedad y crisis y contribuyen a
conformar actitudes y conductas. Es más, si tenemos en cuenta
toda la gama de enfermedades existentes, sólo una parte de la atención está
asegurada por los profesionales sanitarios, la mayoría de los cuidados son
prestados por la familia o la red de apoyo más cercana al individuo (3). Es en
este marco en el que se desarrolla esta ponencia, que quiere poner el punto de
mira en aquellas personas que, en el entorno familiar, cuidan la salud de los niños
y niñas, los atienden cuando están enfermos y les ayudan a mejorar su calidad
de vida cuando sufren alguna discapacidad.
El
llamado cuidado informal es aquel que
se presta a personas dependientes por familiares, amigos u otras personas que no
reciben remuneración económica por la ayuda que ofrecen (4). Este cuidado
posee algunas características que lo definen. En primer lugar, su carácter
"no remunerado" - no se intercambia por bienes o servicios - le hace
aparecer con demasiada frecuencia como un tipo de cuidado " no valioso
": lo que no cuesta, no vale. En segundo lugar, se desarrolla en el ámbito
de las relaciones privadas, un terreno en el que siempre resulta arriesgado
intervenir, sobre todo desde el papel de profesional sanitario. El lugar
principal donde se presta el cuidado informal es el hogar, y este carácter doméstico
le hace invisible para el espacio de lo público. Por último, el cuidado de las
personas de la familia que lo necesitan se asume en nuestras sociedades como
parte de las llamadas "tareas domésticas", y, como tal, se asocia a
un determinado rol de género: es "cosa de mujeres". Todas estas
características hacen más difícil el abordaje del cuidado informal, tanto en
su análisis como en las posibilidades de intervención desde el ámbito
profesional.
En
el ámbito español, algunos estudios han determinado que sólo un 12% del
tiempo que se dedica a atender la enfermedad de algún miembro del hogar es
suministrado por los servicios sanitarios, mientras que el 88% restante lo
prestan las redes sociales de apoyo, fundamentalmente la familia más cercana
(5). En un estudio realizado recientemente en Andalucía sobre una muestra de
3160 hogares en los que residían 2663 personas que necesitaban cuidados
especiales de salud (el 24,6% eran menores de 6 años), el 66% de ellas eran
cuidados de forma casi exclusiva por su familia, y en sólo un 2% de los casos
los cuidados eran prestados por profesionales de los servicios sanitarios o
sociales (6). Por ello, para algunos el sistema informal es considerado un
"sistema invisible de cuidados de salud" , la gran zona sumergida de
un verdadero "iceberg" de atención a la salud (figura 1).
Aunque
este cuidado informal se desarrolla fundamentalmente en el ámbito del hogar,
sistema informal y servicios formales –sean sanitarios, sociales o de otro
tipo- tienen múltiples áreas de
confluencia. Desde hace ya algunas décadas, los servicios sanitarios y sociales
públicos ponen el énfasis en la importancia de que la atención a las personas
que lo necesiten se desarrolle en su propio medio, y esta premisa es
especialmente importante en el caso de la infancia. Se asume que "es
mejor para las personas dependientes permanecer en sus propios hogares".
Sin embargo, en demasiadas ocasiones esta atención de salud en
la comunidad se ha trasformado en una atención de salud por
la comunidad (7).
Se
han propuesto diferentes modelos teóricos sobre el tipo de relación existente
entre sistema formal e informal aunque los trabajos empíricos son relativamente
escasos. El llamado modelo de
complementariedad o de especificidad de tareas plantea que cuidadores
informales y proveedores formales de servicios proporcionan diferentes tipos de
cuidados, en función de sus distintas características (8). Según el modelo
de sustitución o jerárquico compensatorio, cada grupo presta asistencia
cuando otra fuente, anterior en la escala de preferencia, no está disponible
(9). En el caso más estudiado (el de los ancianos), la familia es la proveedora
preferente de cuidados, seguida de amigos, vecinos y por último de
organizaciones formales; el sistema formal es utilizado como último recurso y
su uso no sólo está determinado por necesidades de salud, sino por la
disponibilidad de apoyo informal. Otros autores proponen un modelo
holístico (10), en el que existe una estrecha interrelación entre sistema
formal, quasi-formal (voluntariado, grupos de ayuda mutua, etc.) e informal.
Los
avances tecnológicos, que favorecen una mayor supervivencia de enfermos crónicos
y discapacitados, junto a los cambios en la estructura demográfica, con un
claro aumento de la población anciana, implican que los grupos poblacionales
que son los principales beneficiarios del sistema informal de cuidados
— personas con algún grado de dependencia — sean cada día más numerosos. Entre
estos beneficiarios, la infancia es el período de la vida en el que está más
claramente definido el papel de la familia como agente de salud y los
niños y niñas constituyen un grupo específico en cuanto a la demanda de
cuidados de salud. El hogar es el ámbito donde se atiende a los niños cuando
enferman y son los miembros de la familia más cercana - habitualmente los
padres - los que toman decisiones sobre el uso de los servicios sanitarios
profesionales. Por
las características de mayor dependencia de la infancia, no sólo las patologías
crónicas y discapacitantes, sino también los procesos leves y agudos —tan
frecuentes en este grupo de edad—, suponen una sobrecarga importante de
cuidados en el ámbito familiar.
Pero
no sólo la atención durante la enfermedad, sino también la prevención y la
promoción de la salud de niños y niñas se centran en el ámbito doméstico.
En el seno de la familia se van conformando las creencias, actitudes y
comportamientos saludables o insanos; el hogar familiar es, en definitiva, el ámbito
donde el niño y la niña se “socializan” en el terreno de la salud. Esta
dimensión positiva de la salud resulta muy evidente cuando se trata de la
infancia, donde nadie duda que la atención a la salud va más allá del diagnóstico
y tratamiento de procesos patológicos. Cobra
así todo su sentido el hablar del cuidado
de salud de los niños “sanos”, cuidado que cubre un espectro amplio de
tareas: desde las actuaciones preventivas (inmunización, controles periódicos
de salud) hasta las de promoción de la salud (alimentación saludable, hábitos
de higiene). Y es en el ámbito doméstico donde se cubren toda esta serie de
cuidados - bien directamente, bien buscando el recurso profesional - , que son
considerados como actividades normales dentro de las pautas de “crianza”
infantil (11).
Todas
estas funciones de cuidado de los niños y niñas dentro del hogar
suponen una carga adicional de tiempo doméstico que es asumido por los
miembros de la familia cuando nace un bebé. Al ser preguntadas las madres de
hijos menores de 6 años de la Comunidad de Madrid sobre qué había supuesto
para ellas la llegada de un nuevo hijo, el 80% declararon que se había reducido
su tiempo disponible para otras cosas, y, fundamentalmente, el tiempo de cuidado
personal (12 ) . Esta característica de “disponibilidad” permanente que
supone el asumir el cuidado de un hijo, ha sido expresada por algunos autores
comparando los hogares a "esas
estaciones de servicio que permanecen abiertas noche y día" (13 ). El
paralelismo en el grado de dependencia entre los niños pequeños y las personas
enfermas, sitúa a los hogares con niños pequeños como el grupo de hogares con
una demanda más alta de cuidados. Se calcula que el consumo de tiempo de
cuidados en los hogares con niños es 5 veces mayor del que corresponde a un
adulto activo si el niño es menor de cuatro años, y 4,7 si tiene entre cuatro
y catorce años (13 ).
Los
niños y niñas con necesidades especiales de atención merecen consideración
aparte. Los estudios sobre la prevalencia de enfermedades crónicas en la
infancia y su impacto sobre las familias se enfrentan con importantes problemas
de definición. Según datos de la Encuesta Nacional de Salud realizada en España
(14 ), cerca de un 40% de los encuestados menores de 16 años habían padecido
alguna enfermedad crónica en el último año. Estas cifras son similares a las
informadas para otros países, como Estados Unidos, en el que encuestas a nivel
poblacional estiman que un 30% de todos los niños menores de 18 años están
afectados por alguna condición crónica, física o mental (15 ). Esto supone
que entre 10 y 20 millones de niños en Estados Unidos sufren alguna enfermedad
crónica, de los cuales un 10% presentan un proceso lo suficientemente grave
como para provocar un impacto en sus vidas cotidianas (16). La prevalencia de
discapacidad es mucho menor: en España se estima que existen unos 200.000
menores de quince años con discapacidades, y que, de ellos, más del 90% viven
con sus familias (17 ). Esta prevalencia en torno al 2,5% de la población menor
de quince años en España, es similar a la de otros países de nuestro entorno.
En
el estudio realizado en Andalucía sobre cuidados informales (11), sobre una
muestra de 523 hogares con menores que requerían cuidados, en el 16% de ellos
se atendía a algún menor con problemas crónicos de tipo físico, a lo que se
ha de sumar un 5% en los que reside un menor con algún problema de salud
mental. En el 7% de los hogares había algún niño con discapacidad o minusvalía.
El
rostro de la red informal: perfil de las cuidadoras principales
La
responsabilidad de cuidar recae con frecuencia sobre uno de los miembros de la
familia, que desempeña el papel de cuidador principal. Estos
cuidadores principales tienen un perfil típico: son mujeres, de la misma
familia (habitualmente la madre del niño o niña) y asumen frecuentemente el
papel de ama de casa del hogar. El
estudio andaluz revela que en más de la mitad de los hogares la responsabilidad
de cuidar a los demás miembros del hogar considerados como beneficiarios es
asumida en exclusiva por una sola persona, hecho ampliamente constatado en otros
estudios sobre atención informal como el modelo de reparto familiar de cuidados
de salud más frecuente. Este porcentaje
es aún mayor cuando los niños padecen problemas crónicos (18).
También
otras personas de la red familiar participan, aunque en menor grado, en los
cuidados. En el caso de los hogares con niños, la participación de otros
cuidadores de la red informal (cuidadores secundarios), es mayor que en el resto
de los hogares en los que se presta atención informal, siendo en cambio menor
la participación de ayuda formal por parte de los servicios profesionales. Cabe
destacar el papel del padre como cuidador secundario, que ha sido frecuentemente
olvidado en las investigaciones realizadas sobre el impacto que supone el
cuidado de los niños, y, en especial, de niños con problemas crónicos.
Los
abuelos, y fundamentalmente las abuelas, están recibiendo una creciente atención
por los investigadores, no sólo por su importante contribución al cuidado de
los niños y niñas “sanos”, sino también por su influencia en la atención
a la salud de los niños y en los patrones de utilización de servicios
sanitarios. Merece la pena resaltar que el papel de los abuelos no se limita a
su participación como cuidadores secundarios, ya que en un 4% de los hogares
son los cuidadores principales del menor (11). De hecho, para ciertos grupos
emergentes de niños con necesidades especiales, las abuelas se están revelando
como la principal fuente de atención a la salud dentro de las familias (19 ).
Análisis
del cuidador informal desde el espacio socio-sanitario
Para analizar el papel que juegan los cuidadores informales en relación con los servicios formales sanitarios y sociales y cuáles son sus necesidades, vamos a utilizar dos modelos teóricos que se han propuesto en la literatura para analizar al cuidador desde el sector formal: el cuidador como recurso y el cuidador como usuario-cliente (20). Se han elegido éstos modelos porque resultan muy útiles para definir diferentes tipos de intervenciones sobre el sistema informal desde los servicios socio-sanitarios.
El
cuidador como recurso es tenido en
cuenta por el sistema formal en tanto que presta cuidados a la persona
dependiente, y su bienestar como cuidador normalmente es tenido en cuenta de
forma marginal o bien es totalmente ignorado. En el modelo de cuidador
como cliente de los servicios sanitarios y sociales, el cuidador mismo es un
foco de atención —junto con la persona dependiente— para los profesionales.
Se tiene en cuenta el bienestar del cuidador por sí mismo, y se reconoce que
puede existir conflicto de intereses, de tal manera que lo mejor para el
bienestar de la persona dependiente no siempre coincide con lo mejor para el
bienestar del cuidador (20). Cada uno de estos modelos implica enfoques
distintos en cuanto a la actuación de los servicios sanitarios y sociales de
tipo formal. En el cuadro 1 se sintetizan las características esenciales de
ambos modelos de análisis.
A)
El cuidador como recurso: el trabajo de cuidar
Ser
cuidadora principal tiene un significado muy claro para las propias personas que
asumen este papel, se trata de una función que ellas mismas definen como
"hacerse cargo" de las personas a las que se cuida (6). Esto significa
asumir la responsabilidad de que estén cubiertas las necesidades de atención
de diverso tipo que presentan los niños y niñas beneficiarios. Así, las
cuidadoras principales realizan tareas muy variadas, que van desde la vigilancia
y el acompañamiento, hasta la administración de la medicación o la prestación
directa de cuidados "cuasi profesionales", como los de estimulación
precoz o rehabilitación. Un grupo importante a destacar entre las tareas que
realizan las cuidadoras es el relacionado con los propios servicios sanitarios y
con su utilización. En el cuadro 2 se muestra una tipología de tareas que
realizan las cuidadoras informales en la atención de salud de los niños y niñas
beneficiarios.
El
espectro de cuidados varía en relación con las características del niño o niña
al que se cuida. Por ejemplo, los niños pequeños y los que presentan problemas
de salud mental requieren vigilancia con mayor frecuencia que otros grupos de niños
(11). En este tipo de beneficiarios, el trabajo de cuidar significa, aún más
que en otros casos, una disponibilidad permanente. En los procesos agudos, sin
embargo, se prestan con mayor frecuencia cuidados relacionados con la atención
a la enfermedad, aún sin consultar con los servicios sanitarios (figura 2).
Un rasgo distintivo del trabajo de cuidar radica en la noción de tiempo
dedicado a esta actividad. Se trata de tareas que se desarrollan en un horario
ininterrumpido, sin límite temporal claro, y que, con frecuencia, son
realizadas de manera simultánea con otras. De hecho, un elevado porcentaje de
las cuidadoras de niños, sobre todo las que cuidan a niños con problemas crónicos
o niños menores de seis años, expresan su dedicación al trabajo de cuidar
como "todo el día".
Los cuidados por parte del sistema informal familiar no se limitan al ámbito doméstico, sino que traspasan las puertas del hogar para interactuar con los profesionales sanitarios dentro del ámbito de las instituciones. En el caso de la infancia, esta participación de la familia, y más concretamente, de la cuidadora principal, en los cuidados “institucionales”, resulta especialmente importante.
Si
atendemos al cuidador informal exclusivamente como un recurso para cuidar, el
principal objetivo de las intervenciones de los profesionales será el
mantenimiento de este apoyo tanto como sea posible y asegurar que los cuidados
que prestan estos cuidadores se realizan con la mejor calidad. Es decir, el
bienestar del propio cuidador tiene un carácter que podríamos calificar de
“instrumental”. El tipo de intervenciones que llevaríamos a cabo siguiendo
este modelo irían dirigidas en dos direcciones. Por una parte a informar
al cuidador sobre el problema y las necesidades que plantea el niño o niña
beneficiario de la atención: características de la enfermedad o condición que
provoca dependencia, posible evolución del proceso, tipos de cuidados que
necesita el niño o niña, recursos disponibles, guía anticipada. Por otra
parte, diseñaríamos actuaciones para formar
al cuidador en la prestación de los cuidados: procedimientos y técnicas de
cuidado, habilidades para realizar determinados tipos de tareas, ayudas
instrumentales para cuidar.
B)
El cuidador como cliente: el impacto de cuidar
Se
puede entender al cuidador informal como cliente de los servicios formales, al
menos desde dos perspectivas. Asumir este papel supone, como veremos a
continuación, un importante impacto sobre la calidad de vida y sobre la
propia salud del cuidador. Ser cuidadora puede perjudicar a la salud y a la
economía, entre otras facetas. Por lo tanto, las cuidadoras principales se
convierten así en pacientes de los servicios sanitarios y en usuarias de los
servicios sociales. En segundo lugar, una de las funciones que realizan las
cuidadoras la de intermediarias e interlocutoras entre el niño o niña al que
cuidan y el propio sistema sanitario. Son las cuidadoras las que generan la
demanda de servicios, las que los utilizan y las que conforman la opinión
acerca de la calidad de los servicios que reciben. Vamos a detenernos en algunos
de estos aspectos.
Resulta
claro que asumir la responsabilidad del cuidado de un niño tiene consecuencias
sobre la vida de las cuidadoras principales. Este impacto se refleja de forma
muy importante en la esfera económica: más de un 60% de las cuidadoras de
nuestro estudio declararon un importante incremento en gastos extras (añadidos
a los cotidianos) por el hecho de atender al niño o niña a su cargo (figura 3)
(11) . Esta situación se ve agravada si el niño o niña al que se cuida
presenta algún problema de salud de tipo crónico.
Las
consecuencias económicas del cuidado de un hijo no se limitan al aumento del
gasto, también se produce una disminución de los ingresos: más de una tercera
parte de las madres de los niños de nuestro estudio habían abandonado el
mercado laboral, de manera temporal o definitiva. Si se suman las cuidadoras que
han tenido que dejar definitivamente un empleo y
las que no han podido tener acceso a él por el hecho de cuidar, podemos
concluir que el asumir el papel de cuidadoras principales ha condicionado la
exclusión del mercado laboral de un 48% de las mujeres cuidadoras (11,18). Se
puede afirmar que el hacerse cargo del cuidado de las personas de la familia que
lo necesitan supone un elevado “coste de oportunidad” para las cuidadoras,
que tienen que elegir entre trabajo “productivo” y trabajo
“reproductivo”. Incluso aquellas que pueden compatibilizar ambos tipos de
trabajo, asumen otro tipo de consecuencias, como son la limitación de las
posibilidades de progreso en su carrera profesional, el cambio de trabajo o el
absentismo laboral.
Otra
de las consecuencias sobre la vida de las cuidadoras es la dificultad para
compatibilizar el cuidado con otras responsabilidades y la de mantener las
relaciones con otras personas de su entorno, consecuencias mucho más
importantes en el caso de niños con enfermedad crónica. Es un hecho muy
frecuente que las madres de niños con enfermedades crónicas y cierto nivel de
dependencia disminuyan drásticamente sus contactos sociales.
Aunque
con menor frecuencia que en la esfera económica y social, es clave resaltar que
un porcentaje importante de cuidadoras (hasta un 20%) perciben que cuidar afecta
negativamente a su salud, con diferencias entre las que atienden a enfermos crónicos
(29%) y las que no (13% sanos y 19% agudos). Este impacto sobre la propia salud
afecta a la esfera física, pero con mayor intensidad a la esfera psicológica,
en la que cerca de un 30% de las cuidadoras de niños con enfermedad crónica
opinan que el cuidado tiene consecuencias negativas sobre su bienestar psicológico
(11,18).
El
impacto percibido tiene su reflejo en el estado de salud de las cuidadoras
medido a través de otros indicadores. Las cuidadoras de niños con enfermedad
crónica tienen una peor percepción de su salud, declaran con mayor frecuencia
problemas crónicos - tanto de tipo
físico como emocional - y se manifiestan poco o nada satisfechas con su vida en
general. Así mismo, padecen molestias o dolores y consumen medicamentos en
mayor proporción. Las consecuencias derivadas de cuidar convierten así a la
cuidadora en verdadero
“paciente” de los servicios sanitarios.
No
hay que olvidar que esta situación puede repercutir negativamente en la
prestación misma de las tareas de atención y cuidado. Muchas cuidadoras de niños
con problemas de salud se encuentran con dificultades para realizar su labor,
entre las más frecuentes las relacionadas con tener que seguir cuidando a pesar
de encontrarse ellas mismas mal de salud y con la falta de ayuda, de recursos
económicos y de tiempo suficiente para cuidar.
De
éste análisis del cuidador como cliente secundario de los servicios sanitarios
y sociales se deduce que el tipo de intervenciones que se deberían poner en
marcha desde el sistema formal tienen objetivos muy diferentes a los que citábamos
en el modelo de cuidador como recurso. En el caso del modelo cliente, el
objetivo de las intervenciones es el de proporcionar apoyo al cuidador para
mejorar su calidad de vida y si bienestar. Los tipos de actuaciones de apoyo son
distintas de las del anterior modelo: disponibilidad de servicios de respiro y
otros servicios alternativos (atención en el hogar como sector emergente clave
para un futuro muy próximo), formación del cuidador en habilidades de manejo
de la sobrecarga y de gestión del tiempo, estrategias de implicación de otros
miembros de la red social en el cuidado, apoyo emocional al cuidador.
Como
ya se ha comentado, los sistemas formal e informal no funcionan de forma
independiente, sino que existen múltiples áreas de confluencia. Es
precisamente en esta interrelación donde radica el principal interés de la
atención de salud prestada por las redes informales desde la óptica de los
servicios sanitarios. Las reformas actuales de los servicios sanitarios ponen el
énfasis en la atención a la salud en el seno de la propia comunidad y, tras
una etapa de medicalización progresiva de la atención a la salud, se está
produciendo una "inversión del flujo" desde los servicios sanitarios
hacia los propios individuos y sus familias. Desde el punto de vista de los
profesionales sanitarios, el cuidado por la comunidad puede surtir efectos en la
disminución del exceso de la demanda; para los gestores del sistema puede
resultar de utilidad en la contención del gasto sanitario; y para los propios
usuarios supone una menor dependencia del sistema profesional.
Pero
no hay que olvidar que en el sistema informal también se están produciendo
cambios importantes en los últimos años. Es previsible que las
transformaciones en la vida familiar, especialmente el fenómeno de la
incorporación de las mujeres al mercado laboral, tengan repercusiones, tanto en
la prestación de cuidados en el hogar como en el propio funcionamiento de los
servicios sanitarios. La disponibilidad de cuidadores informales no está en
cuestión sólo por la mayor incorporación de las mujeres al empleo. La
disminución de la fecundidad y el menor tamaño familiar, las migraciones del
medio rural al urbano, la mayor movilidad de los miembros de las familias y la
dispersión geográfica que esto produce (21), son algunos de los cambios demográficos
que están condicionando que la población de cuidadores disponibles disminuya.
Uno
de los aspectos de las relaciones entre ambos sistemas es el debate que surge
desde la perspectiva ética (22). Se plantean dos tipos de cuestiones
relacionadas con la equidad en este ámbito: la distribución desigual de los
costes del cuidado entre los diferentes miembros de la familia y el reparto de
la responsabilidad de cuidar entre la familia y el estado. El hecho de que la
atención informal sea, mayoritariamente, atención femenina, evidencia que
existen cargas diferenciales entre hombres y mujeres. Se plantea así la cuestión
de la equidad en relación con los cuidados de salud prestados en el ámbito
informal. Esta cuestión no puede ser soslayada cuando se proponen políticas
desde los servicios sanitarios dirigidas a intervenir sobre el equilibrio entre
la atención formal e informal.
En
síntesis, la importancia del sistema informal viene dada por las tendencias de
tres elementos principales: tendencia creciente de los grupos de población
dependientes y principales beneficiarios; tendencia decreciente en la
disponibilidad de cuidadores no remunerados y cambios en la estructura de la red
informal; y tendencia de las reformas de los servicios sanitarios con énfasis
en las responsabilidades de la comunidad y en la
problemática derivada del aumento del gasto sanitario.
La
necesidad de plantear alternativas se hace patente en nuestro país para un
futuro inmediato, tal y como se ha ido evidenciando en otros países de nuestro
entorno durante la última década (23). Habría que plantearse estas
alternativas en el espacio socio-sanitario a tres niveles de actuación: la práctica
profesional, la planificación y organización de los servicios y la implantación
de políticas de bienestar. Algunas de las implicaciones que la relación con el
sistema informal puede tener en estos diferentes niveles se muestran en el
cuadro 3.
Cuidar
a los que cuidan puede
ser una buena estrategia de prevención de las “minusvalías” secundarias al
cuidado y de promocionar la salud en el sentido más positivo del término.
BIBLIOGRAFÍA
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Figura 1: El iceberg de la atención de salud
Cuadro
1: Modelos de análisis del cuidador principal
|
CARACTERÍSTICAS
DEL
MODELO |
MODELO
DE CUIDADOR RECURSO |
MODELO
DE CUIDADOR CLIENTE |
|
Concepto
de cuidador |
Recurso
para optimizar la atención a la persona dependiente |
Cliente
secundario de los servicios formales |
|
Bienestar
del cuidador |
Tiene
un carácter instrumental o bien se ignora |
Ha
de ser tenido en cuenta en las intervenciones |
|
Objetivo
de las intervenciones |
Mantener
o incrementar el apoyo informal tanto como sea posible |
Mejorar
la calidad de vida del cuidador y disminuir el impacto negativo sobre su
bienestar |
|
Tipos
de intervenciones |
n
Información
al cuidador sobre las necesidades del beneficiario y cómo atenderlas n
Formación
del cuidador en habilidades y técnicas para cuidar |
n
Servicios
de apoyo al cuidador n
Servicios
de respiro para el cuidador n
Servicios
alternativos de atención n
Información
sobre recursos de apoyo disponibles n
Formación
en habilidades para disminuir la sobrecarga del cuidador |
Cuadro
2: Tipología de cuidados prestados por los cuidadores informales
|
A)
CUIDADOS PRESTADOS EN EL ÁMBITO
DEL HOGAR n
Ayuda
en el cuidado personal y asistencia en actividades instrumentales:
ayuda para la alimentación, aseo, vestido, movilidad. n
Actividades
de promoción de la salud:
creación de hábitos saludables y promoción de estilos de vida sanos,
potenciación de la autonomía y capacidad para el autocuidado, apoyo
afectivo. n
Actividades
de prevención:
vigilancia y protección contra las lesiones accidentales, alimentación
especial en situaciones que lo requieran, evitación de otras situaciones
de riesgo para la salud. n
Atención
a la enfermedad: detección
e interpretación se sintomatología, administración de medicación,
aplicación de medidas terapéuticas, administración de cuidados
indicados o no por el personal sanitario.
n
Cuidados
de recuperación: Cuidados
de fisioterapia, de rehabilitación, estimulación precoz y otros. B)
CUIDADOS EN RELACIÓN CON LOS SERVICIOS SANITARIOS n
Demanda
y utilización de los servicios preventivos para el beneficiario: inmunizaciones,
controles periódicos de salud. n
Demanda
y utilización de los servicios asistenciales para el beneficiario:
. Detección e interpretación
de sintomatología: ¿se necesita consultar?
. Generación de la necesidad de demanda de servicios
. Decisión de utilización
. Utilización de servicios
para el beneficiario
. Gestión de pruebas diagnósticas
y procedimientos terapéuticos n
Cuidados
prestados en el hospital durante el ingreso
|
Figura 2: Tareas realizadas por la cuidadora principal según si el niño o niña beneficiario presenta las siguientes condiciones: menores de 6 años sanos, proceso agudo, enfermedad crónica de tipo físico o patología mental.
|
|
|
Cuadro 3: Ejemplos de actuaciones desde el espacio socio-sanitario para mejorar la relación entre los sistemas formal e informal
|
NIVEL
DE ACTUACIÓN |
TIPO
DE MEDIDAS |
|
Práctica
profesional Cuidador
como usuario |
n
Implicar al cuidador como
recurso y agente de salud n
Diseñar los planes de
cuidados adaptados a diferentes perfiles de cuidadores n
Identificar y atender las
necesidades derivadas de la situación de cuidar n
Intervenciones de apoyo al
cuidador para mejorar su calidad de vida (cuidar al cuidador) n
Informar al cuidador sobre
manejo de problemas (guías anticipadas) n
Facilitar acceso a recursos
disponibles n
Formación del cuidador en
habilidades de cuidado |
|
Planificación
y organización de servicios: Cuidador
como cliente
|
n
Servicios de atención a
personas dependientes orientados también a su cuidador n
Ofertar cartera de servicios
dirigida a cuidadores: información, formación y apoyo n
Incluir al sistema informal
como categoría de análisis e intervención de servicios socio-sanitarios
(demanda, utilización, satisfacción, calidad) n
Integrar el cuidado informal
como elemento clave en la evaluación de servicios y programas |
|
Políticas de salud: Cuidador como ciudadano |
n
Visibilizar y revalorizar al
sistema informal como elemento de la participación social en salud n
Mejorar la integración entre
políticas sociales y sanitarias: políticas de bienestar n
Incrementar la equidad en la
distribución de responsabilidades de cuidado entre espacio público y ámbito
privado n
Incrementar la equidad en la
distribución de responsabilidades
de cuidado entre los diferentes miembros de la red social n
Fomentar los valores de
solidaridad social n
Diseñar políticas que
permitan compatibilizar trabajo productivo y reproductivo |