MODELO DE POTENCIACIÓN EN
LA PRESTACIÓN DE SERVICIOS
Miguel
Costa Cabanillas
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1. Cambios sociales y
atención de salud a la infancia
Me
atrevería a decir que estamos pasando por una transición social crítica que
resitúa el espacio sociosanitario de la atención de salud a la infancia y de
sus protagonistas: clientes, consumidores y proveedores de servicios. Y es en
este contexto donde se sitúa mi comunicación que tiene por objetivo apuntar,
muy sucintamente, algunos de los principios, “sellos de identidad” y/o
exigencias de un modo de ayudar que definen, a su vez, un enfoque de cómo
trabajar y prestar servicios de salud a la infancia.
Esta
transición social si tiene una nota característica relevante es la del cambio
acelerado. La mayor parte de la experiencia humana sobre la tierra no ha
incluido cambios tan repentinos como en los vividos en los últimos 50 años, y
hemos pasado de ser una sociedad dirigida por los mayores a una cultura donde la
flexibilidad y la adaptabilidad son esenciales para sobrevivir, como nunca había
ocurrido en la historia de la especie humana. Y todo ello ha tenido importantes
efectos en la familia y en los sistemas de prestación de servicios.
Por
lo que se refiere a la familia, el nuevo papel social y familiar de la mujer, la
redefinición de roles, las nuevas formas familiares y valores y el nuevo
entorno sociolaboral conlleva cambios y tensiones importantes. Aparecen
instancias con fuerza inusitada (televisión, videojuegos, ofertas de
consumo,..) que disputan a los padres la influencia que ejercen sobre sus hijos.
En este contexto los padres y las madres experimentan presiones especiales hoy
como no las habían experimentado en generaciones anteriores y se perciben
especialmente vulnerables en su capacidad para influir en sus hijos. Los estilos
de crianza tradicionales están en cuestión y hay quienes piensan que es más
duro ser padre hoy y que las tareas parentales están jalonadas de dudas en
torno a lo que es correcto o no en la crianza de los hijos y en relación a los
valores, la supervisión y la disciplina, las normas y los castigos. Los padres,
en una jungla fragmentada de creencias, de fuentes de información y apoyos, a
veces incluso contradictorias, intentan orientar y dirigir sus pautas educativas
y de crianza. Por lo que respecta a los niños y adolescentes, estos comienzan a
ser sujetos activos de derechos y con capacidad de tomar decisiones, según su
desarrollo evolutivo, para dirigir sus vidas, y los padres han de contemplar su
influencia en este contexto.
Por
lo que se refiere a los servicios, estos se perciben a menudo impotentes cuando
tratan de influir en la salud de los niños. La resistencia bacteriana como
consecuencia de un inadecuado cumplimiento de un régimen de antibióticos, las
recaídas de un adolescente diabético, el inicio y desarrollo de prácticas de
riesgo tales como consumir drogas, tener relaciones sexuales no protegidas, o,
por el contrario, el desarrollo de prácticas saludables y el afrontamiento
efectivo de problemas de salud, acontecen en contextos de influencia distantes a
la acción de los servicios. Resulta evidente que las prácticas de salud y de
riesgo de la infancia “se producen” en sus contextos interpersonales
significativos, en especial, la familia, escuela y el grupo de iguales.
Por otra parte, hay una explosión de información en el ámbito de la salud lo
que comporta una mayor cultura sanitaria o ilustración de los pacientes que
comienzan a ser más exigentes en un marco de derechos civiles. Los proveedores
de servicios empiezan a ser más vulnerables, aparecen las prácticas defensivas
y los tratamientos y programas de salud han de ser negociados. Por último,
tanto los niños y adolescentes como sus padres presentan particularidades
sociales y culturales que contribuyen a generar problemas de equidad cuando los
servicios se distribuyen sin una adecuada sintonía con estas particularidades y
sin la implicación de la población teóricamente destinataria de dichos
servicios.
2.
El Modelo de Potenciación en la prestación de servicios
El
Modelo de Competencia, o de Potenciación (en inglés “empowerment”),
según autores (1) (2) (3) (4), tiene el propósito de lograr que las familias,
padres e hijos, tengan un mayor control de sus vidas y de su salud, y se plantea
como un enfoque alternativo de prestación de servicios para afrontar
adecuadamente las condiciones de especial vulnerabilidad que un entorno
cambiante y cada vez menos controlable coloca a las familias y a los servicios
de apoyo. En este contexto, el diálogo se contempla como un criterio
estratégico para su implantación y desarrollo y se asienta además sobre la
base de un objetivo compartido: promover el desarrollo saludable de los niños y
adolescentes.
-Poner
aquí la figura nº 1-
Un
modelo que pretenda influir positivamente en la vida y en los comportamientos de
niños y padres tiene el reto de responder a dos preguntas básicas: ¿Por qué
la gente se comporta como lo hace? y ¿cuáles son los factores y procesos que
ayudan a crecer y potenciar la vida de la gente?. La naturaleza de las
respuestas a estas preguntas, basadas por otra parte en estudios actualizados
sobre el desarrollo, han configurado las características de este enfoque y sus
diferencias esenciales con respecto al marco de intervención más tradicional.
Veamos, pues, algunas de las implicaciones y características del Modelo de
Potenciación:
1.1.
Cambiar la dirección de la mirada.- Para
comprender por qué la gente se comporta como lo hace y por qué los niños y
adolescentes incurren o desarrollan prácticas de riesgo o, por el contrario, prácticas
que inciden en su salud y bienestar no parece útil mirar a la “cabeza”,
propio de los enfoques mentalistas. “El uso de artilugios y artefactos
internos para tratar de comprender el comportamiento de la gente ha gozado
en la historia (…) de gran predicamento (…). En la psique, la mente o el
aparato psíquico, o más modernamente, en el cerebro, habría un misterioso
lugar en el que se fabricaría el comportamiento y del que saldría ya
manufacturado” (4). Para comprender el comportamiento de un niño o un
adolescente es necesario mirar más allá de la cabeza, es necesario mirar también
a su comportamiento en un sentido amplio (lo que piensa, lo que siente, lo que
hace), a los contextos proximales en los que vive (familia, escuela, amigos,
barrio) y a las transacciones que mantiene con estos: ejemplos a los que están
expuestos, a los riesgos y oportunidades que se les ofrece y a las reacciones
que las personas significativas de su entorno (padres, amigos, profesores,..)
tienen cuando se comportan. De hecho, podemos predecir mejor el comportamiento
de un niño o adolescente por el comportamiento que muestran los amigos o por la
organización del ambiente en que viven o por los éxitos o fracasos que
cosechan en sus experiencias de vida cotidiana.
-Poner aquí la figura nº 2—
No
faltan no obstante, quienes desde el sistema de prestación de servicios
aconsejan aún mirar obsesivamente a la mente para encontrar soluciones. Y
ocurre, lo que puede ser normal que ocurra en estas situaciones: cuando pedimos
a alguien que mire a un lugar equivocado para intentar comprender o encontrar
algo se corre el riesgo de generar indefensión, impotencia. Y se mina la
competencia de los padres cuando se les coloca en una situación de fracaso al
sugerirles mirar en una dirección equivocada para encontrar algo que nunca
encontrarán: las claves para comprender el comportamiento de sus hijos.
2.2.
Cambiar de óptica, de modo de mirar, de enfoque.- Además de cambiar la
dirección de la mirada resulta relevante cambiar la manera de mirar:
desde la mirada obsesiva de las patologías y déficits, a la mirada de los
recursos, potencialidades y “resplandores” que existen en la vida de los niños
y de las familias.
La
prioridad de la intervención no es la identificación, catalogación y reparación
de las deficiencias y puntos débiles, como es propio de los modelos psicopatológicos.
Es un modelo pedagógico cuyo blanco de intervención son los recursos,
sean estos personales o sociales.
Existe,
sin embargo, una lamentable tendencia entre las profesiones de la atención de
salud a centrarse obsesivamente sobre los problemas y enfermedades de la especie
humana, sobre sus déficits y sobre todo lo que hace mal. Es, por otra parte,
muy excepcional para estas profesiones -y profesionales- centrarse en aquello
que los individuos hacen bien y en aquellas características que les han
permitido sobreponerse a la adversidad y sobrevivir al estrés y a las
desigualdades. Incluso en aquellos y niños y adolescentes criados en deprivación
y en condiciones de alto riesgo social en que resulta esencial identificar
aquello que existe en sus ambiente que puede ayudar al desarrollo, suele ser
inusual considerar los factores o circunstancias que les proveen de apoyo y
resistencia. No obstante, no sorprende esta desatención secular si se piensa
que el proceso de entrenamiento de los profesionales ha estado imbuido también
por un enfoque que enfatiza los déficits y procesos psicopatológicos de los
individuos a los que hay que ayudar.
No
tendría mayor importancia este cambio de enfoque si no fuera porque las
acciones terapéuticas y los procesos de cambio se enlentecen especialmente y se
dirigen certeramente hacia el fracaso cuando nos centramos obsesivamente en lo
que funciona mal.
3.3.
Saber específicamente dónde mirar: los objetivos del desarrollo y de la
potenciación.- La hipótesis de la que partimos es que nuestras acciones de
ayuda mejorarían si pudiéramos determinar específicamente las fuentes de
competencia social e identificar la naturaleza de las influencias de protección.
---Figura 3. Principales factores de riesgo y de protección---
Algunos
hallazgos de investigaciones longitudinales (6) (7) (8) nos ayudan a enfocar
el teleobjetivo de este nuevo modelo al orientarlo hacia aquellas
condiciones que nos explican por qué hay niños que viviendo en condiciones de
alto riesgo no sucumben ante la adversidad y resisten. La adaptación que hemos
hecho del modelo de prevención primaria de Albee (2) (Figura 3) muestra la
relación transaccional que existe entre riesgos (numerador) y los factores de
resistencia (denominador) puestos de manifiesto en dichas investigaciones.
En
las transacciones que los niños y adolescentes entablan con el entorno, su
desarrollo evolutivo se ve determinado por la presencia desigual de los factores
de riesgo y de los factores de protección y por sus efectos combinados. Los
resultados probables del desarrollo evolutivo del niño y del adolescente serán
una resultante de las transacciones que se establecen entre los riesgos
(numerador) y los factores de resistencia o de protección (denominador). En la
medida en que los factores de riesgo y eventos estresantes tiendan a reducirse
o, al menos, se mantengan en niveles suficientes como para ser afrontados con éxito
por medio de los recursos o factores de protección, y estos, a su vez, tiendan
a crecer, los resultados probables serán adaptativos. Por el contrario,
los resultados desadaptativos ocurrirán como consecuencia de una relación
inversa. La conclusión de esta argumentación es que la potenciación del
desarrollo de los niños y adolescentes se verá favorecido en la medida en que
se promuevan, en la vida de estos, los factores de resistencia y protección.
-Poner aquí Figura 4-
Sí
me gustaría destacar los factores de protección familiar y personal (ver
figura 3). Los primeros, porque señalan la dirección de los cambios que se han
de proveer para el apoyo a los padres. Estos necesitan saber qué hacer y qué
no hacer para facilitar el desarrollo de sus hijos. Los segundos, para conocer
el curriculum personal que los niños y adolescentes necesitan aprender y
facilitar, por tanto, desde los sistemas educativos y de atención.
Los
factores de protección personal, también denominados de “resiliencia” (9)
(10) se parecen mucho a la habilidad que parecen mostrar los juncos para hacer
frente a los embates del viento y de las tempestades. La naturaleza del junco
nos recuerda la resistencia elástica que parecen mostrar los individuos
para hacer frente a las adversidades y riesgos sociales, para adaptarse y
sobrevivir. Los juncos, en efecto, son flexibles, persistentes para volver, de
manera elástica, a sus posiciones, y activos para recuperarse de las
tempestades, al igual que aquellas personas que parecen superar con éxito las
adversidades sociales y emocionales que les depara la vida.
Descubrir
los “juncos sociales” -factores de resiliencia de los niños y
adolescentes-, analizar sus características y promoverlas así como conocer las
circunstancias del entorno familiar y social que pueden favorecerlas en cuantas
medidas sociales y educativas se planifiquen, es una prioridad de este enfoque
de potenciación. Pues bien, uno de estos factores es la competencia social y
emocional que parecen mostrar los niños para desenvolverse con éxito en
sus contextos interpersonales significativos y que juega un papel esencial tanto
en su desarrollo como en la prevención de la violencia y la crueldad y de
muchas prácticas de riesgo (fumar, beber alcohol, conducir a alta velocidad,
tener relaciones sexuales sin protección adecuada, etc.). Estas competencias
pueden ser adquiridas en la primera infancia y los programas pioneros de Spivack
y Shure (11) ya sentaron las bases hace muchos años de que este aprendizaje y
entrenamiento es posible y su desarrollo curricular resulta
esencial en la mayor parte de los programas orientados a la prevención
de conductas de riesgo en los adolescentes (12). La autonomía e independencia,
la asunción de responsabilidad y la autoestima son también factores personales
de protección.
Por
lo que se refiere al curriculum de los padres, y a la luz de estos estudios,
cabe señalar la importancia de saber cómo establecer vínculos emocionales con
sus hijos, como establecer normas y límites claros y coherentes o promover un
ambiente estructurado de aprendizaje y predecible, cómo desarrollar una
supervisión que resulte grata y, sobre todo, cómo motivar el aprendizaje la
autonomía y el cambio de sus hijos y cómo negociar, cuando estos son mayores,
las diferencias y los desacuerdos. Es en este contexto socio-familiar resultante
dónde los padres pueden convertirse en personas dignas de crédito y confianza
y con capacidad de influir tanto para promover prácticas y comportamientos
saludables en sus hijos como para asumir responsabilidad en los tratamientos o
promover en sus propios hijos responsabilidades de autocuidado.
4.4.
Todos enseñan y todos aprenden.- La
fuente de conocimiento y de aprendizaje no se establece exclusivamente a partir
del conocimiento de los expertos y profesionales. Por el contrario, los
adolescentes, los padres y los no profesionales son un recurso excelente en los
procesos de aprendizaje y de cambio. Los padres y adolescentes por ejemplo
pueden dar pistas excelentes a los servicios de cómo influir en otros padres y
en otros adolescentes.
El
autor de este trabajo pudo compartir experiencias de aprendizaje en la década
de los ochenta basadas en este enfoque (13)(14)15)(16) en la que los padres se
responsabilizaban de manera eficaz de los tratamientos específicos de problemas
tales como enuresis, problemas de conducta, rechazo de comidas, y del desarrollo
de hábitos de salud, y, a través de grupos de autoayuda de mujeres, se
promovieron actividades de consejo familiar. En este contexto, no faltaban
sesiones clínicas de exposición y discusión de casos, algunas de las cuales
fueron codirigidas por monitores-mujeres de estos grupos de autoayuda. Para ello
se utilizaron cuadernos a modo de viñetas desarrollados con técnicas idóneas
para el desarrollo de competencias: ensayos de conducta, simulaciones, feedback,
asignación de tareas. Algunas de las lecciones que aprendimos en estas
experiencias nos resultaron de gran utilidad para una mejor configuración de
este enfoque:
·
La competencia
parental se promueve mejor cuando se genera un clima donde los padres pueden
expresar sus dificultades y encuentren sensibilidad o empatía hacia las mismas.
·
Los padres pueden
beneficiarse mucho de las opiniones y apoyo de otros padres que hacen frente a
desafíos similares. Si el comonitor del grupo resulta ser otro padre entrenado
en desarrollo infantil y en pautas competentes de crianza la influencia puede
resultar más efectiva.
·
Una de las más
importantes habilidades parentales es observar y escuchar a sus hijos e intentar
comprender el significado de lo que hacen y dicen.
·
Los padres promueven
mejor su competencia cuando se facilitan contextos donde puedan discutir pero,
sobre todo, donde puedan ensayar a través de simulaciones, recibir
“feedback” y llevarse trabajos para casa. Los encuentros de padres meramente
discursivos pueden resultar amenos pero escasamente prácticos para promover
cambios en las pautas de crianza.
·
Cuando los padres
presentan diferencias culturales resulta necesario conocer el contexto cultural
de referencia e incorporar las pautas culturales que resulten relevantes para la
competencia parental.
·
La motivación de
los padres se promueve mejor cuando se adopta un enfoque en el que se está a la
“caza y captura” de los resultados que se van logrando facilitando, a su
vez, la atribución interna de los mismos, es decir se hace ver que el
comportamiento o competencias de los hijos está siendo resultado de los cambios
que ellos están introduciendo.
En
cualquier caso, el entrenamiento de padres se contempla como una modalidad de
intervención sumamente relevante para multitud de problemas (17) (18) (19) (20)
Por
lo que respecta a los programas de entrenamiento en competencias con
adolescentes es importante señalar que un predictor de éxito de muchos
programas preventivos en el ámbito de la salud es la incorporación de líderes
del grupo de iguales como comonitores (5).
5.5.
El sustento fundamental de la competencia está en los resultados que las
acciones tienen.- El
mismo concepto de competencia está inspirado por el trabajo de Robert White
(21) y tras la observación cuidadosa de los intentos de los niños por dominar
su mundo. Los niños están interesados en toda clase de posibilidades y en lo
que ellos pueden hacer con esas posibilidades, exploran de modo activo y
persistente, experimentan y obtienen resultados que les anima a continuar en sus
esfuerzos y trabajo. Y es esta secuencia de “acción-resultados”
precisamente la que va impregnando el comportamiento y la personalidad de los niños
y adolescentes.
-Poner aquí la figura nº 5-
Es,
por otra parte (ver figura 5), una secuencia que permite “fabricar” la
competencia personal. Cuando percibimos repetidamente que nuestras acciones
obtienen resultados positivos surgen con facilidad juicios y emociones positivas
acerca de nosotros mismos y, de esta manera, la seguridad y confianza en uno
mismo se va aprendiendo y acumulando tras experimentar competencia a lo largo
del tiempo (“hago algo y obtengo resultados”, “soy capaz”). Todo ello,
junto con la percepción y control estimado de los resultados de que podemos
tener impacto en nuestro entorno, de que este es manejable y de que podemos
hacer que ocurran cosas que uno desea o necesita a través de nuestras acciones.
Este proceso es uno de los incentivos más poderosos para el desarrollo del sentimiento
de eficacia y autoestima y para el desarrollo de la capacitación.
Por el contrario, cuando lo que se percibe es que, a pesar de nuestros
esfuerzos, no obtenemos reiteradamente resultados se sientan las bases de la
indefensión o desamparo que desanima a persistir en nuevos intentos.
Este
principio tiene indudables implicaciones para la prestación de servicios:
·
Hacer probable el
que los niños y adolescentes obtengan resultados cuando desarrollen prácticas
alternativas saludables.
·
No privarles de la
oportunidad de hacer las cosas por sí mismos y que atribuyan los resultados a
las acciones que ellos desarrollan.
·
La intervención
debe ser temprana y cercana. Los atributos constitucionales de los niños
(vigor físico, salud, temperamento,..), una de las dimensiones personales de la
“resiliencia”, y su expresión en las acciones, se manifiestan muy
tempranamente. Dado que estas manifestaciones pueden facilitar o no respuestas o
resultados positivos del entorno social, los niños cuyas primeras
respuestas o reacciones obtengan resultados positivos se configuran, muy
tempranamente, en niños con mayor “resiliencia” y con mayor
“invulnerabilidad” frente al estrés y la adversidad. Por el contrario,
aquellos niños que no despiertan interés o simpatía en los adultos, tendrán
mayor vulnerabilidad. Estas desigualdades tempranas irán condicionando un
ulterior desarrollo diferencial, por lo que la provisión de ayuda deberá
vincularse a programas de atención temprana, y cercanos al medio familiar,
para ayudar a corregir estas tempranas desigualdades.
·
Los padres
desarrollan mejor la competencia parental cuando se les provee de información
precisa y actualizada, se les ofrecen alternativas de acción mejor que señalar
lo que hacen mal, se les pone en situación de ensayar y percibir resultados a
través de simulaciones de las tareas críticas que comporta la función
parental, como vimos con anterioridad.
5.6.
La competencia se desarrolla mejor si en el entorno social la información
positiva y la comunicación de apoyo devienen en valores culturales apreciados.-
La investigación muestra que el aliento o los mensajes confortantes, el
reconocimiento y la información positiva, el elogio, las orientaciones y el
apoyo emocional de familiares, amigos y personas significativas es un poderoso
factor de “resiliencia”. La competencia se desarrolla mejor cuando los
adultos significativos de su entorno (padres, educadores y proveedores de
servicios) están a la “caza y captura” de todo aquello que los niños y
adolescentes hacen bien para manejar los problemas, y saben también descubrir
“resplandores” hasta en las experiencias de fracasos aparentes.
5.7.
El promover recursos y servicios accesibles y competentes hace más fácil el
desarrollo de las competencias personales.- La potenciación tiene lugar en
la medida en que exista un balance adecuado entre riesgos (numerador de la
ecuación) y recursos, es decir, en la medida en que la cantidad de riesgo
ambiental presente no desborde las posibilidades y recursos de afrontamiento.
Cuando estos recursos son desbordados repetidamente por un exceso de estrés
ambiental se configura una situación de fracaso repetido que facilita, a su
vez, un sentimiento de indefensión. Se hace así más probable que se rompa la
secuencia “acción-resultados”, necesaria para el desarrollo de la
autoestima. El desarrollo de la competencia en estas condiciones puede llegar a
ser, para muchos individuos, un objetivo imposible de alcanzar. En este sentido,
las medidas sociales tendentes a reducir las desigualdades y condiciones de
pobreza y marginación y facilitar el acceso a recursos y servicios del
entorno vienen a ser también una condición facilitadora de la
“resiliencia”. No obstante, un cierto control de los riesgos del entorno
(numerador de la ecuación) favorece el desarrollo de la competencia.- La
potenciación, en efecto, tiene lugar en la medida en que exista un balance
adecuado entre riesgos y recursos, es decir, en la medida en que la cantidad de
riesgo ambiental presente no desborde las posibilidades y recursos de
afrontamiento. Cuando estos recursos son desbordados repetidamente por un exceso
de estrés ambiental se configura una situación de fracaso repetido que
facilita, a su vez, un sentimiento de indefensión. Se hace así más probable
que se rompa la secuencia “acción-resultados”, necesaria para el desarrollo
de la autoestima. El desarrollo de la competencia en estas condiciones puede
llegar a ser, para muchos individuos, un objetivo imposible de alcanzar. En este
sentido, las medidas sociales tendentes a reducir las desigualdades y
condiciones de pobreza y marginación vienen a ser también una condición
facilitadora de la resiliencia. En recientes estudios (22), parecen señalar la
especial dificultad de que determinados sectores sociales puedan cambiar
camportamientos y estilos de vida si no se facilita la equidad y se promueven
medidas para el acceso a recursos tales como vivienda, empleo, educación,…
10.
Cambios en los estilos y organización de los servicios de atención de salud.-
Por último, el desarrollo del Modelo de Competencia y Potenciación en la
atención de salud en la infancia requiere cambios significativos, algunos de
ellos han comenzado a darse ya en mayor o menor grado:
·
Promover una cultura
que permita facilitar el acceso de recursos no estrictamente sanitarios al
tratamiento y prevención de problemas de salud, entre ellos, los padres y los
propios niños y adolescentes.
·
Desarrollar un
“estilo de búsqueda” en los proveedores de servicios de manera que resulte
fácil salir de los despachos y relacionarse con los contextos sociales críticos
en la vida de los niños: familia, escuela-instituto, asociaciones
comunitarias,..
·
Promover
dispositivos de atención cercanos: la visita domiciliaria se contempla
como una de las mejores estrategias preventivas del maltrato
infantil (23) (24), la “consulta joven” en el centro de salud o en el
instituto con criterios y normas de atención adaptadas facilita el acceso de
los servicios de salud.
·
Una perspectiva
intersectorial y global que integre la acción de salud con los sectores
educativo y de los servicios sociales y la colaboración de otras disciplinas y
profesiones.
·
Un curriculum
profesional inspirado en el Modelo de Potenciación y vinculado a una formación
y entrenamiento básico en competencia social y cultural, en habilidades de
solución de problemas y que permita un adecuado conocimiento de las necesidades
de los niños y adolescentes de diferentes contextos culturales y regionales.
·
Cambios en las políticas
de formación de los profesionales de manera que se incluyan en su curriculum el
aprendizaje de habilidades para comunicarse mejor, negociar tratamientos y
problemas que surgen en la atención de salud,
·
Apoyos logísticos
que permita reunir los mejores datos de la investigación disponible que
identifique las prácticas parentales asociadas con el desarrollo de la
competencia en los niños y adolescentes, en relación a su estado socieconómico
y antecedentes culturales.
·
Por último, el
desarrollo del Modelo de Potenciación en la prestación de los servicios de
atención de salud a la infancia puede requerir de procesos de planificación
que impliquen a los dispositivos de atención, a las asociaciones profesionales
y a las asociaciones de padres o familiares. Ello es tanto como apostar por una
política de atención de salud en la que la competencia y desarrollo de
nuestros niños y adolescentes ocupen un lugar central.
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