LOGROS DE LA PEDIATRÍA ESPAÑOLA 

M.Cruz

Catedrático de Pediatría

Profesor Emérito de la Universidad de Barcelona

 

 

INTRODUCCIÓN.

Largo ha sido el camino recorrido por la Pediatría española para poder ofrecer una imagen ciertamente saludable del niño al terminar el siglo XX. Durante estos cien años, la salud del niño español no ha dejado de progresar, hasta mostrar unos índices comparables a los de cualquier otro pais occidental y desarrollado. Pero no ha sido tarea fácil, entre otras razones por una falta de acuerdo entre los tres pilares en los que descansa la sanidad: la comunidad, la política y la asistencia. Aunque a bastantes no guste, la política tiene una gran trascendencia, en cuanto en buena medida de ella resulta el nivel de vida y sus diferentes indicadores, como el producto interior bruto. En los países desarrollados como el nuestro no ha dejado de crecer, sobre todo en la segunda mitad del siglo y de forma paralela ha mejorado el nivel sanitario. Por el contrario, la pobreza condiciona una cascada de efectos desfavorables, que acaban en una mala salud general y muy especial en la edad pediátrica.

Igualmente el influjo de la comunidad se puede recordar observando la importancia de los factores ambientales en la salud. Si el crecimiento es un índice de buena salud, también lo parece ser la aceleración secular del crecimiento y de todos es sabido que, además del efecto de una buena atención sanitaria y control de las infecciones, es el resultado de una mejor nutrición, mayor nivel social, aumento de la movilidad de las poblaciones y disminución de las diferencias sociales, mejoría del nivel económico e incluso limitación de la natalidad.

Pero aquí lo que corresponde es destacar la importancia de la actuación pediátrica en estas adquisiciones, apoyada en la docencia y en investigación, aunque en todas ellas se debe todavía mejorar.

Se trata de una era de incesante avance tecnológico, pero hay que hacerlo compatible con la trascendencia del factor humano. No se ha prescindido, ni se podrá hacer, de la mujer-pediatra y hombre-pediatra como protagonistas del cuidado del niño sano y enfermo. Sólo los que conocen bien al niño en sus distintas edades, en su situación de normalidad o patológica, en sus crisis de desarrollo, los que le estiman y le comprenden, los que saben tratarle y están a gusto con él, los que consiguen con facilidad apreciar sus pequeños y atípicos síntomas (a veces expresión de grandes enfermedades) y que cuando es necesario se han convertido en sus abogados, es decir, los pediatras han podido hacer una realidad el avance en la salud infantil. Ha sido, por tanto, la pediatría española la que ha pilotado la nave de la salud del niño, hasta alcanzar la meta actual. Por ello aciertan los que han denominado a este difícil proceso "logros de la pediatría española", aunque sería mejor decir "conquistas sanitarias del niño español", en cuanto no todo han sido ventajas para la Pediatría y los pediatras.

 

LOGROS EN LA ASISTENCIA PEDIÁTRICA

 Para eliminar un trastorno patológico o para promocionar la salud, lo primero es el conocimiento del factor responsable de la situación de enfermedad o su ausencia, como buen exponente de la salud. Por ello, un punto básico en la mejoría de la asistencia pediátrica no ha sido otro que el perfeccionamiento del método diagnóstico, en gran parte por el avance espectacular del laboratorio y del diagnóstico por la imagen, donde ecografía y RM ganan cada vez más terreno. Utilizados racionalmente, con el apoyo si es preciso de un algoritmo, consenso o protocolo, han sido extendidos hasta la etapa preclínica (screening) y a los factores de riesgo, aceptando el reto de la MBE, pero sin olvidar el insustituible diagnóstico clínico, basado en el diálogo y la exploración.

En cuanto a la terapéutica, la pediatría asimiló sucesivamente la medicación sintomática (fiebre, dolor) , la quimioterapia y la antibioterapia, en gran parte responsables de la patomorfosis en las enfermedades infecciosas. Pero al mismo tiempo aprovechó el progreso en la ciencia hermana, la cirugía pediátrica y otros recursos terapéuticos no faramacológicos. Cada vez conoce mejor la farmacología de la edad del desarrollo y limita así el gran peligro de los modernos medicamentos: la yatrogenia.

Pero por encima de todo, la pediatría española ha practicado más que ninguna otra ciencia o especialidad la profilaxis, sea con vacunaciones o con otros recursos, ampliados ahora con la moderna genética. Así ha contribuido de forma muy destacada a la disminución o erradicación de algunas infecciones y enfermedades de otro tipo, desde la difteria y la poliomielitis hasta el bocio y el hipotiroidismo. Bien es cierto que los políticos en su rama económica, por así decir, ven en los progresos de prevención una de las raices del temible aumento de los gastos sanitarios: más prevención supone más vidas recuperadas y vida media más larga, de modo que el envejecimiento de la población resulta directamente  proporcional al gasto en la asistencia médica, lo mismo que algunos éxitos terapéuticos, que motivan un aumento de las enfermedades crónicas y las secuelas. La pediatría siempre está dispuesta a difundir nuevas vacunas, a veces con poca experimentación (como acaba de ocurrir con la anti-rotavirus) y ojalá se encuentre una "vacuna" para prevenir la nueva morbilidad: inadaptación escolar, accidentes, drogadicción, maltrato, carencia afectiva y otros aspectos  de la patología psicosocial.

 

CONTRIBUCIÓN DE LA ENSEÑANZA

 De entrada ni alumnos ni profesores, a todos los niveles de la enseñanza médica, están de acuerdo con los métodos, los resultados y su evaluación. No obstante, si la asistencia pediátrica integral (a todas las edades y para todos los niños) ha sido el instrumento que ha conseguido en gran parte la mejor salud del niño español, reflejada en las menores cifras de mortalidad (casi de 200 por mil a 5 por mil) y en otros índices, no hubiera sido posible sin apoyarse en la formación de los pediatras y en la educación sanitaria de las familias. Siempre parece que la preocupación es mayor que la eficacia en este terreno, pero algunos hechos son elocuentes. En la formación de pregrado conserva su rango: entre las disciplinas básicas e indiscutibles para la titulación de todo médico, se debe conocer la pediatría primaria y las bases para una ulterior especialización en ella. Poco a poco se ha ido haciendo, no perfecta, pero si más sencilla, más didáctica y con mayor soporte práctico, dando atención creciente a la solución de problemas, al autoaprendizaje y a la formación del criterio.

Mayor ha sido el progreso en la formación de postgrado para la obtención del título de especialista en Pediatría. En medio siglo se avanzó más que en toda la historia de la Medicina para culminar  por ahora en el sistema de médico interno residente, con un mínimo de 4 años, siempre perfeccionable, pero que consigue especialistas en pediatría con una amplia formación, tal vez excesiva en algunos aspectos tecnológicos y algo escasa en los que se podría sintetizar como humanísticos, tan importantes  en una especialidad caracterizada por ver al niño como un todo, con su vertiente psíquica junto a la somática y sometido a un ambiente de gran influencia. Hay que procurar el fortalecimiento de las habilidades y además de las actitudes, en una nueva cultura de calidad médica y en un marco del derecho constitucional a la salud, siempre sin olvidar el objetivo final: una buena asistencia.

A pesar de todo, es reconocida la necesidad de una formación pediátrica continuada, para suplir las posibles deficiencias en la enseñanza previa y la actualización de conocimientos, dada la aceleración de los fenómenos científicos. Realizada de manera espontánea durante mucho tiempo, recibe ahora una especial atención oficial, que la acredita, reglamenta y evalúa, sin prescindir afortunadamente de las instituciones que la ha venido proporcionando: sociedades científicas, departamentos universitarios y hospitalarios de pediatría y secciones de los colegios médicos. No está de más un cierto control y el cumplimiento de algunos requisitos, pero el pediatra seguirá advirtiendo que en todo encuentro entre un principiante y un experto hay algún tipo de mutua enseñanza, lo mismo que en el contacto entre jóvenes y veteranos y entre generalistas y especialistas, aunque todos seamos aprendices de mucho y maestros de poco. Una pista fiable sobre donde puede encontrar ayuda en esta formación  es ver si hay discípulos: donde se detectan, alli hay un maestro, que puede proporcionar la formación ética, cultural y social, ya que la propiamente técnica la consigue adquirir por otros sistemas, desde el libro a internet, pasando por revistas y congresos.

Aunque sea una obviedad hay que evocar igualmente el papel de la pediatría en la educación sanitaria, algo más que una mera información que abunda y se recibe o busca de forma indiscriminada, con el posible resultado negativo: crear ansiedad en la familia o en el enfermo y deteriorar la relación pediatra-paciente. Su impacto se deja sentir  tanto en el sistema formal de atención a la salud (el recibido directamente en los diversos servicios sanitarios sea intra o extrahospitalarios) como en el sistema informal, o sea, los cuidados aplicados en el seno de la familia, especialmente.

 

PAPEL DE LA INVESTIGACIÓN PEDIÁTRICA

 También aquí hay una buena y merecida dosis de insatisfacción, por no hacer todo lo que se debería; pero no se trata ahora de ver la cara mala de la moneda, sino de señalar que no han faltado logros en este terreno. Bastará evocar los aspectos principales en pediatría, para que cada quién coloque sus ideas y ejemplos. Se han realizado en primer lugar investigación básica con estudios que permiten ir conociendo mejor al niño normal y sus transformaciones a lo largo de los años, como la aceleración secular del crecimiento y desarrollo, tan genuina en la pediatría. En segundo lugar, han sido numerosos, y lo seguirán siendo, los trabajos de epidemiología, para saber cuales son los trastornos patológicos dominantes en cada época y deducir los sistemas más adecuados para su control. Así en la primera mitad del siglo dominaban las enfermedades infecciosas y de la nutrición, dando paso al incremento posterior de los cuadros relacionados  con la inmunología, alergia, oncología y genética. En tercer lugar, la pediatría ha proporcionado abundante investigación clínica, menos valorada pero ciertamente trascendental al mostrar la historia natural de las enfermedades, nuevas etiologías y cambiantes métodos de diagnóstico. Así se describieron la enfermedad celiaca, la fibrosis quística, la enfermedad hemolítica del recién nacido, los diversos tipos de distrés repiratorio neonatal, los errores innatos del metabolismo, las cromosomopatías o las cardiopatías congénitas. Cualquiera de ellas ofrece un ejemplo de lo mucho que la pediatría clínica ha podido aportar a la medicina del último siglo. Finalmente, la investigación terapéutica encuentra más facilidades de financiación, pero tropieza con el grave obstáculo del consentimiento informado y a menudo su impacto es efímero, ya que es relativamente corta la vida media de los fármacos modernos. No obstante, se han ido conociendo mejor los diversos aspectos de la farmacología pediátrica: farmacocinética,  farmacodinamia, vías de administración , dosis y posibles intolerancias, permitiendo la medicina intensiva en el neonato y niño de todas las edades, lo mismo que hacer una realidad los  trasplantes de órganos, y una esperanza próxima la genoterapia.

Mientras España fue un país en vías de desarrollo era suficiente en este capítulo la asimilación rápida de los conocimientos de tratamiento aportados  por otras especialidades  o procedentes de países más favorecidos. Pero ahora se está en condiciones de asumir que la investigación pediátrica es útil tanto para el que la practica , como para la institución que la alberga; es potenciadora de la enseñanza, y sobre todo es imprescindible para el progreso de nuestra ciencia, sea en el mejor conocimiento de los trastornos patológicos  propios de la edad pediátrica, sea de aquellos otros que se manifiestan habitualmente en el adulto, pero que tienen ya su raíz en el niño, como la aterosclerosis. Ha supuesto, además, que el pediatra asuma el reto de trabajar en equipo y de formar parte de estudios multidisciplinarios, aun a riesgo de sufrir una cierta pérdida de protagonismo, cuando no deshumanización o despersonalización de su trabajo.

 Volviendo al principio: para llegar a la etapa actual de plena responsabilidad, la Pediatría española ha debido hacer una larga travesía, desde un comienzo íntimamente ligado a la tradición empírica de la antigua medicina, hasta su realización científica, con una serie de escalones intermedios, siempre presididos por algo que antes parecía utópico y ahora empieza a confirmarse: el ideal de un niño sano y feliz.

Se puede objetar que la pediatría no ha recibido la consideración política y comunitaria merecida, pero tal vez más de uno lo acepte con la alegría del deber cumplido, diciendo con Rabindranatn Tagore: Dormí y soñé que la vida era alegría

                                         Desperté y vi que la vida era deber

                                          Actué y advertí que el deber era alegría.

  

BIBLIOGRAFÍA

Crespo M. Pediatría 1997, en la frontera de dos siglos. Real Academia de Medicina. Oviedo, 1997

Cruz M. Fundamentos y perspectivas en Pediatría. En: Cruz M, Tratado de Pediatría, Ed. Ergon, Madrid, 2000 (en prensa)

 Gómez de Terreros I et al. Salud, infancia, adolescencia y sociedad. S. de Pediatría  Social. AEP. Sevilla, 1999.

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Nogales, A. El niño en los umbrales del tercer milenio. Real Academia de Medicina. Madrid 1997.

Sanchez Villares E. Reflexiones en la frontera de medio siglo de Pediatría. Universidad de Valladolid, 1985.

 

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