MANEJO
INICIAL DEL TRAUMATISMO CRANEOENCEFÁLICO
EN
LA INFANCIA
Servicio de Neonatología. Hospital Universitario de
Canarias. Tenerife
Los
traumatismos son la causa más común de ingreso hospitalario en la infancia y
el 75 % de estos niños, presentan traumatismo craneoencefálico (TCE); es más
frecuente que si los niños sufren un impacto se afecte la cabeza
por el mayor tamaño y peso de ésta respecto al resto del cuerpo
en relación con los adultos (1) . Es más frecuente en niños
que en niñas, con una relación 2:1 , y también
la mortalidad es mayor en varones (1,2).
Después del primer año de vida los
traumatismos son la causa más frecuente de mortalidad, hasta bien entrada la
edad adulta. El 70 % de estas muertes son debidas al componente cráneoencefalico
del trauma. En su mayoría son debidos a accidentes de tráfico, si se
consideran globalmente las situaciones en que el niño va como pasajero del vehículo
o como peatón y sufre un atropello; seguidos de las caídas (para otros autores
los más frecuentes), actividades recreativas y los traumatismos no
accidentales. Estos últimos producen la mayoría de TCE severos durante el
primer año de vida (1,3).
Las características epidemiológicas y fisiopatológicas de los TCE en
la infancia son diferentes según la edad y se han agrupados en tres periodos más
o menos bien diferenciados: los menores de 3
años, entre 3 y 8 años y los mayores de 9 años (2,4).
Durante los primeros 3 años el SNC continúa madurando y las estructuras
craneales están cerrándose. La arborización dendrítica, la formación de
conecciones sinápticas, la mielinización y el cierre de las suturas craneales
se produce durante los primeros años de vida. A los 5 años el cerebro ya pesa
el 90 % del peso de un cerebro adulto y las estructuras óseas y los
compartimentos intracraneales lo protegen lo suficientemente de los
desplazamientos bruscos. A partir de aquí estos sistemas de protección ya son
menos flexibles y son más frecuentes los hematomas y las lesiones ocupantes de
espacio como producto de un TCE. Los niños menores de un año tienen más
riesgo de TCE y una mortalidad superior que los niños mayores, aunque
globalmente la mortalidad en los niños es menor que en el adulto. En los niños
menores de 3 años la pérdida de conciencia es poco frecuente, en comparación
con niños mayores, pero los signos de lateralización y las convulsiones
precoces no son raros. En este periodo de la vida, y especialmente durante el
primer año, son característicos los TCE no accidentales, que típicamente se
manifiestan como hematomas subdurales, con frecuencia bilaterales (2).
Los niños entre 3 y 8 años presentan TCE más severos. Tienen más
frecuencia de deterioro del nivel de conciencia y mucha menos incidencia de
hematoma subdural.
Los mayores de 8 años ya padecen TCE similares a los de los adultos.
Suelen ser más intensos y con mayor incidencia de hematomas extradurales (2).
De las muertes que se producen por TCE, casi la mitad de los niños
fallecen en el lugar del traumatismo, en general se considera que por daños
incompatibles con la vida. Un 20 % mueren en las horas siguientes, debido a
fallo respiratorio, cardiocirculatorio o por hipertensión intracraneal (HIC).
El tercio restante fallece días o semanas después por HIC, infección o fallo
multiorgánico (FMO) (1).
El daño finalmente producido por TCE es debido en parte a la lesión
cerebral primaria, producto del impacto en si y por las fuerzas de aceleración-deseleración;
y posteriormente, por la lesión cerebral secundaria, que no es más que el
incremento de la lesión inicial causado por insuficiencia respiratoria,
cardiocirculatoria, alteraciones metabólicas, HIC o infecciones (1).
Sobre la lesión cerebral primaria sólo se puede actuar con medidas
preventivas; son las campañas educativas, que deben ir dirigidas no sólo a los
niños y los padres, sino al resto del entorno social.
La lesión cerebral secundaria, que hay autores que
han descrito que se produce en la mayoría de los pacientes, es sobre el
que se centra el tratamiento del TCE. La isquemia cerebral, tanto en sentido
global como local, y entendida como un disbalance entre los aportes y los
requerimientos de oxígeno, es la base fisiopatológica principal del daño
cerebral secundario. Los
principales factores determinantes de éste son los cambios en la tensión
arterial, tanto la hipotensión como la hipertensión, la hipoxia, la
hipercapnia, la HIC, las alteraciones hidroelectrolíticas y metabólicas, y
factores añadidos como la fiebre o el dolor. Está comprobado que la hipertensión,
la hipotensión y la hipoxia empeoran el pronóstico e incrementan la mortalidad
en el TCE, y que a mayor número de episodios hipotensivos, mayor mortalidad.
Los efectos deletéreos de la hipercapnia sobre la HIC son de todos conocidos,
así como la fiebre, que incrementa el consumo metabólico cerebral y las pérdidas
de líquido. La hiponatremia, que es debida a un excesivo aporte de líquidos
hipoosmolares o por secreción inadecuada de
hormona antidiurética, produce edema cerebral con efectos devastadores. La hiperglucemia se ha asociado claramente a empeoramiento
del pronóstico neurológico, probablemente por producción de radicales libres
y acidosis láctica; y la hipoglucemia se sabe que es dañina por la falta de
substrato energético para el cerebro. El dolor, aún cuando el paciente está
inconsciente, incrementa la presión intracraneal y se debe tratar enérgicamente.
El traumatismo produce un incremento en la liberación de aminoácidos
exitatorios, como el glutamato, del que hoy se conoce su papel como neurotóxico
cuando está presente en grandes cantidades, por la exacerbada cascada enzimática
intracelular que desencadena (1,5). Todos estos factores se suman al
hecho de que el traumatismo en si produce disminución o interrupción del
aporte sanguíneo a determinadas
zonas del cerebro, lo que va a
producir isquemia y edema; y hemorragias intracraneales (hematomas epidurales,
subdurales e intraparenquimatosos). Edema y hemorragias expanden el volumen
intracraneal en un compartimento cerrado, alcanzando un límite sobre el que se
eleva la presión intracraneal, que, si se mantiene, tiene efectos claramente
negativos sobre el pronóstico y la mortalidad del TCE, al causar compromiso en
la perfusión cerebral. Todos estos factores o condicionantes de la lesión
cerebral secundaria son sobre los que se debe centrar el tratamiento y los
cuidados del paciente con TCE, evitando, anticipándose y tratando
activamente la HIC; no sólo en el
hospital, sino desde que el niño
es atendido en el lugar del traumatismo y durante su traslado (1,5,6,7).
En el manejo inicial se deben seguir las normas básicas de reanimación,
asegurando la permeabilidad de la vía aérea, manteniendo una ventilación
adecuada y una estabilidad cardiovascular (1,2). Todo ello teniendo
presente la inmovilización de la columna cervical hasta que estudios
posteriores nos asesoren si existe daño de la misma ( 4-5 % de los TCE) o no (2).
Prácticamente al mismo tiempo hay que hacer una valoración inicial del estado
neurológico del niño con la escala de Glasgow (GCS) , y en caso de niños
pequeños con la escala modificada para lactantes; lo que permite una primera
clasificación del TCE en severo si obtenemos una puntuación menor o igual a 8, moderado
si está entre 9 y 12 y leve si es
de 13 a 15 (1,2). Los más frecuentes son los TCE leves, que suponen
hasta el 90 % de todos los TCE en
niños; pero incluso en los TCE leves pueden haber pacientes que presenten
secuelas permanentes o que fallezcan, si bien en estos casos suelen haber
hallazgos patológicos en la tomografía axial computerizada (TAC) inicial (8,9).
Algunos autores diferencian los TCE menores
o mínimos, a aquellos con Glasgow de 15 y si acaso breve pérdida de
conciencia, amnesia postraumática o crisis convulsiva inmediata (8).
El niño con TCE leve (GCS ³
13) puede presentar fractura de cráneo
o no. En general estará despierto o ligeramente obnuvilado, y puede manifestar
cefalea o vómitos. El TCE moderado (GCS 9-12) se manifiesta en el niño
por irritabilidad, letargia, generalmente vómitos más intensos y peor estado
general. En cualquiera de los dos casos anteriores puede asociarse signos de
fractura de base de cráneo (hemotímpano, otorrea o rinorrea de LCR, laceración
del conducto auditivo externo, equímosis periorbitaria o signo de Battle) o
convulsiones. En el caso del TCE severo (GCS £ 8) el niño está con un
nivel de conciencia claramente disminuído con escasa o nula respuesta a estímulos.
El TCE menor, sin pérdida de conciencia, con exploración neurológica
normal y sin signos físicos de fractura de cráneo, puede ser observado durante
24 horas en el Servicio de Urgencias o en el domicilio, siempre que haya una
persona suficientemente responsable y competente para hacerlo; sin ser preciso
realizar radiografía de cráneo o TAC (8).
La pérdida de conciencia se ha asociado a un riesgo incrementado, aunque
pequeño (0.02-5%) de lesiones intracraneales clínicamente importantes. Por
otra parte, si bien la sensibilidad de la TAC para detectar dichas lesiones es
mayor que la exploración clínica, no hay datos concluyentes que una TAC precoz
cambie la evolución sobre una observación estrecha en este tipo de TCE (10).
Por tanto, se puede considerar que el TCE menor, con pérdida de conciencia
breve, con exploración neurológica normal y sin signos físicos de fráctura
de cráneo, puede ser adecuadamente manejado sólo con observación clínica
estrecha, en el hospital o en domicilio, si es vigilado por una persona adecuada
y si las condiciones (distancia,
medios de transporte) para acudir a ser reevaluado
en caso preciso, son suficientemente seguras. El hecho de añadir a ésta
evaluación una prueba de imagen no parece estar justificado como norma, puede
recurrirse a ella en caso de que el médico así lo considere oportuno. Si esto
es así, la prueba de elección, si se dispone de ella, es la TAC; habida cuenta
de que la mayor parte de los niños con radiografías de cráneo anormales no
presentan anomalías intracraneales y de que se observan lesiones intracraneales
en niños con radiografías normales. No obstante también conviene tener
presente la necesidad de sedar al paciente, a veces, para la realización de la
TAC, y no para la radiografía de cráneo (3,8,9, 10,11,12) .
En cuanto a la duración de
este periodo de observación las recomendaciones parecen establecerse en una
vigilancia estrecha durante 24 horas y una observación más superficial durante
varios días (8).
Estas consideraciones no son válidas para niños con daño neurológico
previo, por la imposibilidad para conocer con
exactitud la exploración neurológica basal de ellos. Idéntica referencia debe
hacerse a los lactantes que no han establecido el lenguaje, en los que se suma a
su precoz desarrollo neurológico,
dificultando en gran manera la exploración. En estos casos debería ser
mucho más cautelosa el alta domiciliaria y más amplia la observación
hospitalaria (8,9). Los vómitos o
la cefalea, mientras no sean persistentes o progresivos no se consideran
de riesgo o indicativos de patología intracraneal.
En caso de sospecha de TCE no accidental, el niño debe ser ingresado;
y aunque el traumatismo parezca leve, no se debe dar de alta para
observación domiciliaria.
Los TCE leves (no menores o mínimos), con Glasgow de 13-14 deben
ser valorados mediante TAC, por el hecho de presentar una escala de Glasgow
anormal; lo que se justifica porque la
detección precoz de lesiones tratables, sobre todo las hemorragias, conlleva
mejor pronóstico (13,14). Aunque no se encuentren lesiones
intracraneales, en niños con escala de Glasgow anormal se debe ser cauteloso y
valorar una vigilancia hospitalaria hasta que se restaure un nivel de conciencia
normal. Se ha encontrado que los niños presentan un intervalo de tiempo para
desarrollar swelling cerebral difuso, mayor que los adultos (> 12 h) (15,16).
Los pacientes de cualquier grado de TCE que presenten cefalea o vómitos
persistentes o progresivos, signos de deterioro neurológico, de fractura
deprimida o de fractura de base de cráneo deben someterse a una TAC
y ser ingresados para vigilancia. La
TAC también debe considerarse en pacientes con TCE que vayan a precisar
anestesia general por otra causa (2,10,11,
16).
Los pacientes con TCE moderado deben ser ingresados en una Unidad
de Cuidados Intensivos Pediátricos (UCIP) porque tiene riesgo de deterioro
neurológico y precisar medidas de soporte vital. Son normas básicas la elevación
de la cabecera de la cama 30º, la alineación cabeza-cuello-torax, adecuado
tratamiento del dolor y los vómitos, el mantenimiento de una normovolemia, y
normotermia y tratamiento de las convulsiones (2,5,17).
En el TCE severo el niño debe ser intubado con monitorización de
la pulsioximetría, fracción espirada de CO2,
y pO2 y pCO2 transcutánea si es posible. Es
preciso además una monitorización
hemodinámica estrecha (presión venosa central y presión arterial invasiva) y
se debe instaurar la medición continua de la presión intracraneal (PIC). Puede
ser de gran ayuda la medición de la saturación venosa de O2 del
bulbo de la yugular. Con todo esto el objetivo está en mantener al paciente
bien oxigenado, normoventilado, en situación de normovolemia, normotenso, con
una PIC por debajo de 20 mm de Hg, una presión de perfusión cerebral (PIC -
presión arterial media) entre 60-70 mm de Hg y una adecuada diuresis. A lo
anterior se suma una correcta analgesia y control de las convulsiones, pues el
dolor y las convulsiones son dos factores potenciadores de la HIC. Todo esto se
consigue con un manejo complejo, que debe ser a la vez exquisito y cuidadoso.
Sin entrar en detalles, puesto que no es el objetivo de esta ponencia el manejo
del TCE en la UCIP, las bases del mismo están en el uso de drogas vasoactivas
si es preciso para un adecuado control cardiovascular, mantenimiento de la pCO2
alrededor de 35 mm de Hg, y una pO2 > 60 mm de Hg. La
utilidad de los corticoides sigue siendo controvertida. En caso de HIC
restringir líquidos manteniendo una osmolaridad plasmática entre 300-330 mOsm/L
sin deshidratación clínica (deshidratación euvolémica). Si hay HIC
usar manitol, furosemida y/o suero
salino hipertónico para disminuir la PIC, recurriendo a la hiperventilación sólo
con carácter puntual y controlado (pCO2 entre 25-30 mm de Hg) si es preciso. En caso de que no
consigamos control de la PIC estaría indicado el drenaje ventricular y el uso
de barbitúricos (tiopental), si es preciso en perfusión continua. Se ha
demostrado útil la monitorización electroencefalográfica de los traumatismos
craneoencefálicos severos para la detección precoz de crisis y mejor
tratamiento de las mismas. Existen
datos de que la hipotermia moderada (Tª superficial 32-34 ºC) puede limitar la
lesión cerebral secundaria, por lo que podríamos beneficiarnos de su uso. Las
nuevas líneas de actuación van dirigidas hacia el concepto de neuroprotección
(1,5,16,18,19,20,21,22).
Se debe considerar el tratamiento quirúrgico en caso de: fractura con
depresión de los huesos del cráneo, fractura ósea abierta, hematoma epidural
o hematoma subdural. En ocasiones se valorará la posibilidad de acceder a algún
hematoma parenquimatoso. Y está recobrando su auge la craniotomía
descomprensiva como medida de control de la HIC en el swelling cerebral postraumático
resistente al tratamiento (23).
El enfoque del paciente pediátrico con TCE,
independientemente de la severidad, debe ser juicioso y esmerado, apropiado a
las condiciones de cada paciente teniendo presente las devastadoras
consecuencias que un manejo inadecuado puede acarrear en un cerebro aún en
desarrollo.
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TABLA I
ESCALA DE GLASGOW
Apertura de ojos
Mejor respuesta
Espontánea.........................................................................
4
En
respuesta a la voz...........................................................
3
En
respuesta al dolor...........................................................
2
Sin
respuesta......................................................................
1
Respuesta verbal
Orientada...........................................................................
5
Desorientada......................................................................
4
Palabras
inadecuadas......................................................... 3
Palabras
o sonidos incomprensibles.................................... 2
Sin
respuesta.....................................................................
1
Respuesta
motora
Obedece
órdenes............................................................... 6
Localiza
el dolor.................................................................. 5
Retirada
al dolor................................................................. 4
Flexión
anormal.................................................................. 3
Extensión
anormal.............................................................. 2
Sin
respuesta.....................................................................
1
Tomado de JennettB, Teasdale G. Lancet 1977;
1:878
TABLA II
ESCALA DE COMA MODIFICADA PARA LACTANTES
Apertura de ojos
Mejor respuesta
Espontánea.........................................................................
4
En
respuesta a la voz...........................................................
3
En
respuesta al dolor...........................................................
2
Sin
respuesta.......................................................................
1
Respuesta verbal
Balbuceo............................................................................
5
Irritable...............................................................................
4
Llanto
con el dolor.............................................................. 3
Quejidos
con el dolor.......................................................... 2
Sin
respuesta......................................................................
1
Respuesta
motora
Movimientos
espontáneos.................................................. 6
Retirada
al tocar................................................................. 5
Retirada
al dolor................................................................. 4
Flexión
anormal.................................................................. 3
Extensión
anormal.............................................................. 2
Sin
respuesta......................................................................
1
Tomado de James HE. Pediatr Ann 1986; 15:16