Tratamiento
y profilaxis de la infección urinaria en niños
R.
Hernándeza,b, J. Fonsa,c, J. Marínd, F. Nuñezc,
I. Calvoa,b y S. Ferrandoe
a Dpto. de Pediatría, Obstetricia y Ginecología.
Universidad de Valencia.
b Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Dr.
Peset. Valencia.
c Servicio de Pediatría. Hospital Clínico
Universitario. Valencia.
d Servicio de Pediatría. Hospital Francisco de Borja.
Gandia.
e Servicio de Pediatría. Hospital de Alzira.
Valencia.
La
infección del tracto urinario (ITU) es una de las infecciones bacterianas más
frecuentes en niños, superada únicamente por la faringoamigdalitis estreptocócica,
la otitis media y algunas infecciones cutáneas menores (1). La ITU es así
mismo la causa más frecuente de infección bacteriana en niños pequeños (<
3 años) febriles sin foco evidente de infección (2-4). La incidencia en estos
niños oscila entre el 4 % y el 7,5 % y, en nuestra experiencia, supone el 31 %
de las hospitalizaciones por esta causa en este grupo de edad. El diagnóstico y
el tratamiento de la ITU constituyen actualmente el motivo principal de consulta
por problemas nefrourológicos al pediatra de Atención Primaria.
Se
sabe que la ITU en el niño puede producirse por múltiples circunstancias, y
que en la mayoría de las ocasiones es un proceso benigno que responde
adecuadamente al tratamiento. Sin embargo, la ITU febril, sobre todo en niños
< 2 años (5,6), o la que se presenta asociada a anomalías de la vía
urinaria, especialmente reflujo vesicoureteral (RVU), obstrucción urinaria y
vejiga neurógena, puede ser causa daño renal permanente con formación de
cicatrices renales (pielonefritis crónica o nefropatía de reflujo)(3,6,7). La
extensión y gravedad de la cicatrización renal son proporcionales al número
de pielonefritis agudas (PNA) padecidas (8), y a largo plazo se relaciona con un
riesgo aumentado de hipertensión arterial
y con la insuficiencia renal crónica.
A
partir de estos postulados los objetivos del tratamiento de la ITU en el niño
deben dirigirse a:
-
Curar la infección
y eliminar los síntomas de la enfermedad.
-
Proteger al riñón
de la lesión renal.
-
Identificar la
causa de la infección para prevenir la recurrencia.
Dos
aspectos adicionales es necesario considerar. En primer lugar, el hecho bien
demostrado hoy día, que el riñón del niño pequeño es especialmente
vulnerable a la infección, y que la mayor frecuencia de lesión renal en esta
edad puede ser debida al retraso para iniciar la antibioterapia por la menor
expresividad clínica de la PNA en niños pequeños (2,7). La evidencia
experimental y la experiencia clínica demuestran que el tratamiento precoz -en
las primeras 48 a 72 horas desde el inicio de los síntomas- es un factor
determinante para prevenir la afectación renal y el subsiguiente desarrollo de
cicatriz renal (3,4).
En
la actualidad no existen recomendaciones aceptadas de forma general sobre la
terapéutica antibiótica de la ITU en el niño. La decisión en cuanto al tipo
de antimicrobiano, mono o biterapia, vía de administración, lugar del
tratamiento –hospitalario o ambulatorio-, duración del mismo y vigilancia
postratamiento depende de múltiples factores, entre los que deben considerarse:
a) el agente infectante (etiología más probable); b) la susceptibilidad y el
patrón de resistencia antibiótica; c) las características farmacocinéticas y
farmacodinámicas del antimicrobiano; d) la edad (mayor riesgo de lesión renal
y de bacteriemia-meningitis cuanto más pequeño es el niño); e) la localización
de la infección (pielonefritis, cistitis); f) la presencia de anomalías
nefrourológicas asociadas; g) el estado clínico del paciente (aspecto tóxico,
vómitos, deshidratación); e) la facilidad de vigilancia médica (teléfono,
visita clínica); y, por último, g) la seguridad del cumplimiento correcto del
tratamiento (circunstancias familiares, tolerancia oral).
Resultados
de estudios y ensayos clínicos bien controlados referidos en los últimos años,
así como metaanálisis, revisiones bibliográficas y recomendaciones de
expertos recientes permiten disponer de criterios objetivos para la toma de
decisiones diagnósticas y terapéuticas en estos pacientes. En el presente
trabajo se resumen las recomendaciones actuales referidas al tratamiento
antimicrobiano y la profilaxis de la ITU en el niño.
En
niños con infección aguda la terapéutica antibiótica de la ITU es
relativamente sencilla. Normalmente es raro que se produzca un fallo terapéutico
o una respuesta insuficiente. Por lo general, tras la administración del antibiótico
apropiado la respuesta es rápida y favorable. Las dificultades prácticas
derivan de la indicación precisa del tratamiento, de la elección del antibiótico
y de su vía de administración, así como de la duración del tratamiento
(1,3,4).
El
tratamiento antibiótico está indicado en todo niño con ITU
sintomática o en niños pequeños
(< 2 años) febriles en los que el urinálisis sea sugestivo de ITU. Una
vez que la muestra para cultivo se ha obtenido, el tratamiento puede ser
iniciado (3,4). Si el niño ha recibido tratamiento antibiótico reciente o
inmediatamente antes de la obtención de la muestra, el examen microscópico de
la orina tiene el máximo interés para el diagnóstico de la enfermedad (3). En
estos casos, las nuevas técnicas de imagen como la gammagrafía renal precoz
con DMSA (9), el SPECT (10) y, sobre todo, la ecografía doppler color (11) es
posible que puedan identificar mas precozmente los niños con PNA, evitando
retrasar la terapéutica antibiótica.
En
niños pequeños con síntomas inespecíficos (anorexia, desmedro,
escasa ganancia ponderal, etc.), cuando el análisis con tira reactiva y/o el
examen microscópico de una muestra adecuada de orina no son suficientemente
demostrativos, el tratamiento debe retrasarse hasta conocer el resultado del
urinocultivo, manteniendo un control clínico ambulatorio del paciente.
Asimismo,
en niñas escolares con síntomas miccionales característicos de disfunción
vesical y urinálisis negativo o no concluyente, la antibioterapia puede
retrasarse hasta conocer el resultado del cultivo bacteriológico.
Finalmente,
en niñas con bacteriuria asintomática
existen datos clínicos suficientes que demuestran que no es necesario el
tratamiento antibiótico si el tracto urinario y el patrón miccional son
normales (3,4). No existe ningún estudio que evalúe el efecto del tratamiento
antibacteriano en lactantes y niños pequeños con bacteriuria asintomática.
Algunos autores lo aconsejan en los menores de 5 años (mayor riesgo de daño
renal), y en niños con vejiga neurógena asociada a RVU (4).
La
antibioterapia empírica de cualquier proceso infeccioso se establece atendiendo
a la etiología más probable, el patrón de susceptibilidad del microorganismo
y a las características farmacocinéticas y farmacodinámicas del
antimicrobiano.
Escherichia coli es el microorganismo más frecuentemente aislado en las ITUs
infantiles, con porcentajes que oscilan entre el 70 % y el 90 % dependiendo de
la procedencia de los pacientes (1,3,4,6). En un reciente estudio europeo (12)
con 300 episodios de PNA en lactantes y niños (53 % < 2 años) Escherichia
coli fue el germen causante en el 86 %, Proteus
sp. 5%, Klebsiella pneumoniae 2 %,
Pseudomona aeruginosa 2 %, Citrobacter
diversus 1 %, Enterococcus 1 % y
otros 3 %. La Tabla I recoge resultados similares en niños con ITU atendidos
por nosotros en los últimos 5 años.
Junto
con la etiología, la elección de la antibioterapia empírica debe basarse en
el patrón de susceptibilidad de los microorganismos. En nuestro ámbito geográfico,
aunque es posible encontrar diferencias locales por las pautas de utilización
de antimicrobianos, puede ser válido el patrón de susceptibilidad que se
muestra en la Tabla II, obtenido del análisis de 355 cepas aisladas por nuestro
grupo en muestras urinarias de niños con ITU sintomática recogidas en el
hospital (urgencias y consulta externa) y procedentes del medio ambulatorio.
Las
recomendaciones actuales sobre la terapéutica empírica de la ITU distinguen
entre la infección alta (PNA) y la cistitis.
Se
incluyen aquí la ITU febril del niño pequeño y la ITU con manifestaciones
características de PNA del niño mayor. En ambos casos, las pautas recomendadas
incluyen una cefalosporina de 3ª generación (cefotaxima, ceftriaxona),
preferiblemente a una de 2ª generación (cefuroxima, cefonicid), sólo o
asociada a ampicilina o a un aminoglucósido, o la combinación de ampicilina y
un aminoglucósido (3,4,6,13). La elección, siempre que sea posible, debe estar
orientada por el examen microscópico de la orina (tinción de Gram). La triple
terapia (cefalosporina de 3ª, ampicilina y aminoglucósido) asegura la máxima
cobertura (@ 100 %) y puede estar indicada en pacientes
con anomalías nefrourológicas graves, sobre todo si la vía urinaria se ha
manipulado instrumentalmente. La asociación clásica de ampicilina más
aminoglucósido sigue siendo el tratamiento inicial de elección en algunas
pautas y recomendaciones recientes en niños con PNA, puesto que es efectiva
frente a Escherichia coli y otras
enterobacterias gram - (> 90 %) y frente a Enterococcus (14). La posible nefrotoxicidad del aminoglucósido
requiere conocer la creatinina sérica antes de iniciar el tratamiento. La
administración del aminoglucósido en dosis única diaria se ha mostrado más cómoda,
igual de efectiva y menos tóxica que la pauta cada 8 h. Aunque la experiencia
en niños es limitada, puede convertirse a corto plazo en la forma de
administración habitual (14). En nuestra opinión, y la de otros (1,13,14), la
monoterapia en el lactante pequeño (< 6 meses) es cuestionable si se
considera la mayor frecuencia de bacteriemia e infección metastásica en este
grupo de edad (15). En pacientes con insuficiencia renal, debe utilizarse
cefotaxima o ceftriaxona; si se sospecha Pseudomona
aeruginosa el tratamiento de elección es ceftazidima o aztreonam. En
nuestra experiencia, la infección por Enterococcus,
aunque infrecuente, puede ser causa de fracaso de la antibioterapia empírica si
no se incluye la ampicilina en la asociación inicial. En la Tabla III se
refieren los antimicrobianos más utilizados para el tratamiento parenteral de
niños con ITU.
En
niños con cistitis, las recomendaciones para la terapia empírica incluyen la
administración oral de amoxicilina-clavulánico, una cefalosporina oral (cefadroxilo,
cefprozilo, cefixima) o el cotrimoxazol (Tabla III)(1,3,4).
Por
lo general, la mayoría de los niños muestran mejoría evidente de los síntomas
a los 2-3 días de antibioterapia efectiva. Si la respuesta clínica es
insuficiente se debe realizar un nuevo análisis de orina (nitritos, esterasa
leucocitaria, sedimento). Si el urinálisis muestra signos de infección debe
recogerse una nueva muestra para urinocultivo y antibiograma y modificarse el
tratamiento antimicrobiano.
En
niños con ITU febril y/o manifestaciones de PNA, la elección de la vía de
administración, oral o parenteral, es un problema más complejo para cuya
decisión, además de la etiología, deben tenerse en cuenta las características
farmacodinámicas y farmacocinéticas del antimicrobiano, el estado clínico del
paciente y la seguridad del cumplimiento terapéutico.
El
objetivo del tratamiento antibiótico es alcanzar, en el tiempo más corto
posible, concentraciones tisulares suficientemente elevadas y bactericidas para
conseguir una rápida erradicación del foco infeccioso. La capacidad
bactericida de un antibiótico depende de la concentración que alcanza en el
foco de infección y de la concentración inhibitoria mínima (CIM) frente al
microorganismo. El cociente de inhibición (CI) bacteriana de un antimicrobiano
se define como la relación entre la concentración máxima del antibiótico en
un líquido (suero, LCR, orina) y su CIM frente a un patógeno determinado. Se
acepta que CI es un factor determinante para conseguir la esterilización del
foco. En la PNA y otras infecciones graves del niño, se recomienda que CI en el
suero sea al menos de 8 a 10 veces la CIM del antibiótico frente al
microorganismo responsable de la infección. En general, el CI en el suero de un
antibiótico administrado por vía parenteral es netamente superior a cuando se
utiliza la vía oral. En el caso especial de la ITU baja, aunque el antibiótico
se administre por vía oral, el CI en la orina es más fácil que alcance un
valor suficientemente elevado debido al mecanismo de concentración urinaria,
que permite obtener altas concentraciones del fármaco en la orina. La Tabla IV
muestra los CI séricos frente a Escherichia
coli de algunos antibióticos usuales en el tratamiento de la ITU del niño
(16). Como puede verse, con la excepción de cefixima, ninguno de los
antimicrobianos utilizados en la terapéutica por vía oral de la ITU muestra CI
superiores a 8 para que puedan ser utilizados de forma segura en el tratamiento
de la PNA. Un trabajo reciente, que ha alcanzado una notable difusión,
demuestra resultados idénticos en cuanto a la esterilización de la orina y la
incidencia de cicatrices renales a los 6 meses en 306 niños de 1 a 24 meses de
edad con ITU febril, entre 14 días de tratamiento con cefixima oral (dosis
inicial de 16 mg/kg, seguida de 8 mg/kg/día) y 3 días de cefotaxima
intravenosa seguidos de 11 días de cefixima oral (17). Aún teniendo en cuenta
estos resultados, en nuestra opinión y la de otros grupos (1,16), la terapéutica
oral es cuestionable como tratamiento inicial de la ITU febril del niño pequeño
(< 2-3 años), si se tiene presente el mayor riesgo de cicatriz renal y el
mayor efecto de la cicatrización sobre el crecimiento renal y la función
glomerular en esta edad (3,5-7).
Mientras
se valida de forma definitiva la terapia oral en niños pequeños, nuestra práctica,
y la recomendación de otros (1,4,13,16), es:
1.
Iniciar la antibioterapia empírica por vía parenteral, habitualmente
i.v., en todos los niños menores de 2 años con ITU febril y en niños mayores
con enfermedad grave, deshidratación y/o vómitos. La antibioterapia parenteral
se prolonga hasta 24-48 h después de la desaparición de la fiebre,
habitualmente en 1-3 días, pasando después a un antibiótico oral (cotrimoxazol,
cefixima) hasta completar el tratamiento. Un grupo especial puede estar
constituido por niños pequeños (de 6 meses a 2 años) sin aspecto tóxico ni
signos de deshidratación, pero que presenten algún vómito aislado. En estos
casos puede que no sea necesaria la hospitalización, si se inicia la
antibioterapia en el Consultorio o en la Unidad de Urgencias del hospital con
una dosis i.m. de ceftriaxona o un aminoglucósido, cambiándose a la vía oral
en 1-2 días, cuando el niño no vomite y la administración del antibiótico
esté asegurada. Siempre deberá realizarse un control clínico del niño a las
24-48 h (3,4,6,13).
2.
En niños mayores de 2 años sin signos de enfermedad grave y buena
tolerancia oral de líquidos, aunque estén febriles, puede indicarse el
tratamiento oral (Tabla III) si se asegura la administración domiciliaria del
antibiótico y la vigilancia médica del paciente (visita clínica o contacto
telefónico) en las primeras 24-48 horas tras iniciar el tratamiento (3,4,13).
3.
En niños con síntomas de ITU baja, si la tolerancia de líquidos es
normal no existen dudas de iniciar la antibioterapia empírica por vía oral
(Tabla III).
No
se dispone de evidencia suficiente para establecer recomendaciones precisas de
la duración del tratamiento en niños con ITU. No obstante, disponemos de datos
que muestran claramente que los tratamientos cortos (< 7 días) no son
suficientemente efectivos puesto que producen un aumento significativo de
fracasos terapéuticos y un mayor porcentaje de recaídas (18).
De
forma general, se recomienda entre 10 y 14 días de antibioterapia a dosis
completa. Pautas más prolongadas no se han mostrado más efectivas para
erradicar la infección o para reducir la tasa de recurrencias. En recién
nacidos y lactantes muy pequeños con bacteriemia e infección metastásica
(meningitis, osteomielitis) el tratamiento debe prolongarse al menos 21 días.
Los niños < 2 años con ITU febril y los niños mayores con PNA deben
recibir antibioterapia completa entre 10 y 14 días. En niños con cistitis la
duración debe ser de 7 días, aunque algunas recomendaciones consideran
suficiente 5 días en niñas escolares (3,4). La dosis única o el tratamiento
de 2 días, que se han mostrado efectivos en chicas adolescentes y mujeres jóvenes
con cistitis, no se recomienda en niñas preadolescentes (1,3,4,13).
Se
recomienda confirmar la efectividad del antibiótico mediante el urinocultivo.
La pauta clásica incluye un urinocultivo precoz, a las 48 horas de iniciada la
antibioterapia, y otro al finalizar el tratamiento. Actualmente, el urinocultivo
precoz no se considera necesario si existe una buena respuesta clínica y el
microorganismo aislado es sensible al antibiótico administrado (3,4), pero es
conveniente obtener una muestra para cultivo en uno de los dos últimos días
antes de finalizar el tratamiento (3) o en los 7 días siguientes (4).
Posteriormente, incluso en los niños que lleven quimioprofilaxis diaria (ver más
adelante), está indicado un seguimiento periódico a intervalos crecientes, por
el riesgo elevado de recurrencia. Se recomienda un cultivo mensual los tres
primeros meses, cada tres meses durante el primer año y semestral el segundo año
(3,4). El urinocultivo deberá realizarse siempre que se compruebe fiebre sin
foco y en presencia de síntomas miccionales (urgencia, disuria, polaquiuria,
tenesmo).
Con
el inicio del tratamiento deben planificarse las exploraciones para el diagnóstico
de las posibles anomalías nefrourológicas, especialmente las exploraciones de
imagen, que se completarán durante el período de vigilancia posterior, tal y
como ha sido referido previamente en esta misma ponencia.
Tras una primera ITU, el 50% de las niñas y el 10% de los niños
presentarán durante el año siguiente una nueva ITU, generalmente una reinfección.
Asimismo, en el 10% de las instrumentaciones de la vía urinaria se introducen
bacterias, con frecuencia Proteus y Pseudomona.
Estos datos y la experiencia acumulada en la utilización de profilaxis
prolongada, con la que se disminuye la tasa de reinfecciones incluso tras
interrumpir la profilaxis, justifican su consideración en la estrategia terapéutica
global de la ITU en el niño (3,5,19).
Actualmente se aceptan las siguientes circunstancias clínicas para la
profilaxis de la ITU:
1. Pacientes
con riesgo de daño renal:
-
Niños y niñas con RVU susceptible de
tratamiento médico. En niños de más de 2 años la administración de antibiótico
no es necesaria debido a que el riesgo de PNA es muy bajo (0,02 episodios/año).
En niñas, se recomienda prolongar la quimioprofilaxis hasta los 6-8 años
(1,3,4,20).
-
Niños de 2 meses a 2 años que hayan padecido
una ITU, hasta completar los
estudios de imagen (6).
-
Niños y niñas con RVU candidatos a la cirugía,
hasta la corrección quirúrgica (19,20).
-
Niños con anomalías urológicas distintas
del RVU, o sin ellas, y tendencia a presentar PNA recurrente (3,6).
-
En niñas con cistitis recurrente existe
evidencia de la efectividad de la profilaxis antibiótica para disminuir el número
de episodios, pero la necesidad de su empleo no es uniformemente aceptada y es
discutible (1,3). La duración de la quimioprofilaxis no está bien definida en
estos casos, aunque se recomiendan pautas de al menos 6 meses.
2. Sondaje
vesical. Se ha comprobado que el riesgo de ITU disminuye significativamente con
una pauta de antibioterapia a dosis completa durante 48 h (19).
3. Cirugía
con riesgo de ocasionar infecciones por Proteus o Pseudomona. La
administración de una dosis de aminoglucósidos o de antibióticos de amplio
espectro disminuye el riesgo de ITU complicada (19).
Incluyen todos los procedimientos que disminuyen el riesgo de
proliferación bacteriana en la región perineal y la colonización y
crecimiento bacteriano intravesical.
1. Lactancia materna. Al igual que ocurre con otras infecciones, se ha comprobado que la
lactancia materna tiene efecto protector sobre la vía urinaria (1,4).
2.
Procedimientos que disminuyen la proliferación de gérmenes en el
periné.
a. En
niñas, salvo las medidas de higiene personal, especialmente tras la defecación,
no existen pautas claras que tengan efecto profiláctico (21). Las
recomendaciones incluyen:
-
Evitar la utilización de productos y de ropa
interior que pueda resultar irritantes.
-
Tratar la infestación por oxiuros.
-
La obesidad puede condicionar la existencia de
un obstáculo para el flujo urinario durante la micción y favorecer el
"reflujo vaginal" que
entrañará el desarrollo de vulvovaginitis química. En estas niñas son
importantes el tratamiento de la obesidad y las recomendaciones para que el
chorro urinario fluya sin obstáculo.
b. En
niños, el problema se limita esencialmente a la eficacia de la circuncisión en
el recién nacido. En la actualidad, existen datos suficientes que demuestran
que los lactantes y niños pequeños circuncidados tienen un menor riesgo
relativo de ITU y una menor proporción de RVU que los no circuncidados, aunque
se desconoce si están más protegidos frente a la afectación renal a largo
plazo (1,4). Sin embargo, se ha calculado que hacen falta 195 circuncisiones
para prevenir un ingreso hospitalario por ITU y sabemos que la circuncisión es
una intervención quirúrgica no exenta de riesgos (se comprueban complicaciones
en el 0,2-0,6 % de los casos) y dolorosa para el niño. Según una declaración
reciente de la AAP, que ha motivado una amplia discusión en USA, a pesar de los
potenciales beneficios, los datos disponibles no son suficientes para recomendar
la circuncisión sistemática a todos los recién nacidos (22).
c. El
empleo de antibioterapia oral de amplio espectro favorece la selección de la
flora intestinal y la presencia de gérmenes con mayor capacidad invasora en la
zona perineal. Por ello, debe evitarse el empleo abusivo de antibióticos,
especialmente en las infecciones respiratorias leves que con frecuencia padece
el niño en los primeros años de vida.
d. En
mujeres adultas, la administración de probióticos por vía oral, o la aplicación
directa en la vagina, se ha mostrado útil para disminuir la proliferación
perineal de microorganismos con alta capacidad patogénica. Actualmente no se
dispone de suficientes datos para establecer recomendaciones en niñas con ITU
recurrente (4).
3.
Pautas para disminuir la probabilidad del ascenso de gérmenes hasta la
vejiga.
Se acepta que la inmersión en agua puede favorecer el paso de gérmenes
hacia la vejiga, por lo que es aconsejable la ducha más que el baño, y en el
caso que éste se produzca, parece prudente que a continuación se emita una
micción.
4.
Medidas para dificultar la proliferación de gérmenes en la orina.
En este aspecto las recomendaciones se basan en evitar y tratar el
estreñimiento, procurar que se realicen micciones completas -incluso dobles en
caso de RVU- y frecuentes, al menos cada 3h, así como en la ingesta de
abundante líquido para estimular el vaciamiento frecuente de la vejiga y
conseguir una orina hipotónica en la que los gérmenes sean más vulnerables
(4,19).
Algunos resultados de estudios con pacientes adultos señalan el efecto
beneficioso de la ingesta del jugo de arándanos para prevenir las ITUs, lo que
al parecer se logra por el efecto de este jugo de dificultar la adhesión de las
bacterias al urotelio (4).
Una situación especial lo constituye el riesgo de ITU producido
durante el tratamiento de algunos trastornos urodinámicos, entre ellos la
vejiga inestable y la disinergia vésico-esfinteriana. En estos niños, cuando
se utilizan anticolinérgicos como relajantes del detrusor es conveniente
considerar la adición de quimioprofilaxis, ya que la relajación vesical que se
produce puede incrementar la posibilidad de colonización retrógrada y el
riesgo de ITU.
En la actualidad se cuestiona la conveniencia de la profilaxis farmacológica
prolongada en niños con ITU por el efecto que pudiera tener en la generación
de resistencias bacterianas, especialmente cuando se utiliza cotrimoxazol (CTM).
Además, no existen estudios controlados que demuestren la superioridad de la
profilaxis sobre el tratamiento precoz de la ITU para la prevención de daño
renal (19). A pesar de ello, las recomendaciones para la quimioprofilaxis
farmacológica incluyen:
a) Niños
de corta edad (< 2 años) con ITU febril y niños con PNA tras finalizar el
tratamiento antibiótico, al menos hasta que se completen las exploraciones de
imagen (6).
b) En caso
de RVU, obstrucción urinaria (hidronefrosis congénita) o alguna otra alteración
urológica con riesgo de lesión renal y/o ITU recurrente; y,
c) Tras
exploraciones urológicas con manipulación de la vía urinaria.
Los fármacos y dosificaciones propuestas se refieren en la Tabla V. El
trimetoprim (TMP), como fármaco único se ha utilizado durante muchos años en
los países que disponían de él; tiene efectividad parecida al cotrimoxazol (CTM)
y efectos secundarios semejantes, pero con menor posibilidad de inducir un síndrome
de Stevens-Johnson. Pautas con dosis bajas de CTM (TMP 1-5 mg/Kg en días
alternos) han resultado efectivas en niños con ITU y RVU. En las niñas el
efecto profiláctico parece algo menor. Con esta dosificación la neutropenia
transitoria es muy poco frecuente y desaparece espontáneamente.
Los estudios comparativos TMP versus nitrofurantoína (NF)
indican que cuando existe alguna anomalía renal asociada, la NF es más
efectiva y genera menos resistencias; con el TMP se incrementa el porcentaje de
ITUs por Escherichia coli resistente y
por Staphylococcus epidermidis. Sin
embargo, la intolerancia digestiva es más frecuente con NF, y pueden
presentarse también toxicidad hepática y pulmonar. En niñas con RVU o
trastorno urodinámico, la profilaxis doble con NF y CTM (una dosis por la mañana
de NF y otra de CTM antes de acostarse) parece ser más efectiva (23) que
cualquiera de ambos fármacos aislados.
En los pacientes con vejiga neurógena la profilaxis con NF no es
aconsejable, ya que si bien reduce ligeramente el número de bacteriurias, puede
producirse un incremento de otras cepas resistentes, especialmente Klebsiella
y Pseudomona (3). En el recién nacido y el lactante de menos de 6
semanas no debe administrarse NF ni CTM. Se recurre a la amoxicilina o a una
cefalosporina de primera generación como cefalexina o cefadroxilo (9). A otras
edades, la profilaxis con estos antibióticos o con ciprofloxacina se reserva
para circunstancias muy concretas, o cuando los otros fármacos no han sido
efectivos (4).
La presencia de ITU por un microorganismo que según el antibiograma es
sensible al fármaco utilizado en la profilaxis, debe hacer pensar que ésta no
se administra, circunstancia que se ha estimado que ocurre hasta en el 31 % de
los niños con quimioprofilaxis antibiótica (24).
En niñas con ITU recurrente tras la administración i.m. de vacunas de
bacterias uropatógenas inactivadas, se ha comprobado un incremento de la IgA
secretora en orina y una reducción significativa de la frecuencia de las
infecciones (25).
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Tabla I. Resultado del cultivo bacteriológico en niños
con ITU (n = 572).
|
Microorganismo |
Porcentaje |
|
Escherichia coli |
78
% |
|
Proteus sp. |
9
% |
|
Klebsiella pneumoniae |
4
% |
|
Pseudomona aeruginosa |
3
% |
|
Enterobacter |
3
% |
|
Enterococcus |
1
% |
|
Citrobacter |
1
% |
|
Otros |
2 % |
Tabla II. Tendencias de sensibilidad (%) de 355 cepas bacterianas aisladas de niños con ITU.
|
Antibiótico |
E. coli |
Proteus sp. |
Klebsiella |
Entero-bacter |
Citrobacter |
Ps. aerugi-nosa |
Entero-coccus |
Staph. coagulasa (-) |
|
Ampicilina/amoxicilina |
20 |
40 |
0 |
30 |
0 |
0 |
100 |
10 |
|
Amox-clavulánico |
85 |
90 |
85 |
50 |
100 |
15 |
- |
50 |
|
Cefalexina |
80 |
80 |
75 |
50 |
100 |
0 |
- |
50 |
|
Cefuroxima |
95 |
90 |
85 |
90 |
100 |
25 |
- |
- |
|
Cefixima |
97 |
90 |
100 |
80 |
100 |
0 |
- |
- |
|
Cefotax/ceftriaxona |
99 |
95 |
100 |
95 |
100 |
33 |
- |
50 |
|
Ceftazidima |
99 |
95 |
100 |
95 |
100 |
100 |
- |
- |
|
Amikacina |
99 |
90 |
100 |
85 |
100 |
95 |
- |
- |
|
Gentamicina |
95 |
85 |
90 |
75 |
100 |
75 |
- |
80 |
|
Cotrimoxazol |
65 |
60 |
75 |
100 |
100 |
15 |
30 |
85 |
|
Nitrofurantoína |
90 |
25 |
60 |
70 |
30 |
30 |
100 |
85 |
|
Número de cepas |
269 |
37 |
16 |
11 |
3 |
10 |
6 |
3 |
|
Incidencia % |
75 |
10 |
5 |
3 |
1 |
3 |
2 |
1 |
Tabla
III. Antibióticos más utilizados para el tratamiento de la ITU en niños.
|
Antibiótico |
Dosis diaria |
Fracciones |